En París es casi otoño.
Las hojas caen
como pequeñas cartas anatómicas
que el viento se empeña en desordenar.
Y mientras camino
escucho otra vez aquella frase
que conozco desde que tengo memoria:
nadie muere de amor.
Qué curioso.
Porque la primera vez que aprendí
que un corazón podía romperse
no fue en un libro de medicina.
Fue en casa.
Primero se fue ella.
Mi mamá.
La mujer que yo había confundido con la eternidad,
porque hay edades en las que uno cree
que las madres no tienen corazón mortal,
que su sangre nunca se cansa,
que sus manos estarán allí
cada vez que el mundo nos haga daño.
Pero la vida se la llevó.
Y un año después
se llevó a él.
Mi papá.
El hombre que yo había imaginado
sobreviviendo a todo.
Dicen que murió de amor.
Y quizá suene absurdo
para un médico.
Pero después de que el gran amor de su vida
dejó de respirar,
su corazón dejó de encontrar razones
para seguir haciéndolo.
Un corazón cansado.
Un músculo que,
después de años de contraerse por alguien,
un día decidió detenerse.
Sístole.
Diástole.
Sístole.
Silencio.
Y allí quedó un niño
con dos ausencias
y una pregunta dentro del pecho:
¿qué hace que un corazón
decida quedarse?
Crecí obsesionado con él.
Con sus cuatro cámaras,
sus válvulas,
sus arterias,
la electricidad diminuta
que consigue convencerlo
de que vuelva a latir.
Aprendí que el corazón
no es solamente un órgano.
Es una máquina eléctrica,
un músculo incansable,
una bomba que trabaja
sin pedir permiso a nuestra conciencia.
Y quizá por eso me hice médico.
Pasé años estudiando corazones
porque era más fácil entender
cómo funcionaba el de otros
que aceptar lo que había ocurrido
con el mío.
Durante mucho tiempo
mantuve el mío bajo llave.
Lo protegí como se protege
un órgano después de un trauma.
Nada de manos demasiado cerca.
Nada de promesas.
Nada que pudiera alterar
el ritmo.
Hasta que ella llegó.
Y por primera vez
hice algo que ningún libro
me había enseñado:
abrí el pecho
sin bisturí.
Le entregué mi corazón.
No como metáfora.
Como quien entrega
la única parte de sí mismo
que había jurado no volver a exponer.
Y durante un tiempo
creí que había descubierto
la cura de todo aquello
que había temido durante años.
Hasta que un día
ella se fue.
Y sentí algo conocido.
El pecho vacío.
La respiración corta.
El pulso desordenado.
Y pensé:
quizá ahora me toca a mí.
Quizá esta es la parte
en la que el corazón se rinde.
Quizá así murió mi padre.
Quizá algunas personas
realmente mueren de amor.
Pero no.
Mi corazón siguió.
Malherido,
irregular,
agotado,
pero siguió.
Sístole.
Diástole.
Sístole.
Otra vez la sangre.
Otra vez el aire.
Otra vez la mañana.
Y ahora estoy en París,
en este otoño que parece saber
que todo lo vivo
también tiene que aprender a caer.
Miro las hojas en las calles
y pienso en todos los corazones
que alguna vez creí perdidos.
El de mi madre.
El de mi padre.
El mío.
Y finalmente entiendo
lo que ningún electrocardiograma
podía enseñarme:
no morimos necesariamente
cuando alguien se va.
A veces el corazón
se rompe precisamente
para demostrar que estaba vivo.
Porque un corazón que nunca ama
puede mantenerse perfecto,
silencioso,
protegido.
Pero quizá eso tampoco sea vivir.
Así que sí.
Amé.
Perdí.
Sobreviví.
Y si alguna vez
vuelvo a entregar mi corazón,
ya no será porque ignore
lo que puede costar.
Será porque ahora sé
que el verdadero peligro
nunca fue morir de amor.
Fue pasar por esta vida
con el corazón intacto.