Si el día está bonito, tómate un café.
Si llueve, tómate un café.
Si estás triste, igual, tómate un café.
En todas las ocasiones de la vida,
en los días buenos y en los días grises,
en la calma y en la tormenta,
incluso a mil de altura.
Porque un café siempre sabe acompañar
lo que el corazón no sabe explicar.
Y recuerda:
no es lo mismo un café negro
que tener negro el corazón.