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El Deseo No Se Jubila

El Deseo No Se Jubila 

Por La Meche.

 

 

 

Al envejecer

no me volví obsoleta,

ni me pusieron una etiqueta

que diga:

«fuera de servicio».

 

Sigo siendo mujer.

Y aunque tenga canas,

arrugas

y alguna rodilla

que protesta cuando llueve,

todavía siento.

Todavía deseo.

 

¡Qué carajo!

¿O acaso el deseo

también tiene fecha de vencimiento?

 

A nuestra edad

se siente igual,

se sueña igual,

se desea igual...

Bueno,

quizá no exactamente igual.

 

Ahora una sabe mejor

dónde quiere que la toquen

y dónde no quiere

que le jodan la paciencia.

 

Que no venga nadie

a decirme que a cierta edad

el deseo es pecado.

 

¡Pecado sería

pasarse la vida

sin disfrutarla!

 

Nos enseñaron

que una mujer mayor

debe ser prudente,

serena,

abnegada...

 

Y aquí me tienen:

cuidando nietos,

haciendo la comida,

lavando platos,

barriendo la casa,

recogiendo juguetes

que aparecen por todas partes

como si los fabricaran

durante la noche.

 

—Abuela, tengo hambre.

—Abuela, ¿dónde está mi juguete?

—Abuela, ayúdame.

 

¡Coño!

 

A veces pienso

que soy abuela,

cocinera,

niñera,

lavandera

y servicio de emergencias

las veinticuatro horas.

 

Pero cuando se duerme la casa,

cuando por fin se apaga el ruido,

me miro al espejo

y todavía reconozco

a la mujer que fui.

 

Y también

a la que soy.

 

Porque debajo de estas canas

todavía hay una mujer

con ganas de besar,

de reír,

de bailar,

de sentir mariposas...

o lo que aparezca.

 

No necesito veinte años menos.

Necesito

que nadie me diga

qué edad debe tener mi deseo.

 

Vejez no es sinónimo de muerte.

Ni de manos cruzadas sobre la cobija.

Ni de cama fría.

Ni de un corazón que solo late por rutina.

 

Vejez no es sinónimo

de dejar de ser mujer.

 

Es tener más años,

más historias,

menos paciencia para las pendejadas

y una certeza

que antes no tenía:

 

la vida no se disfruta

cuando los demás

te dicen cómo vivirla.

 

Así que déjenme mis arrugas.

Mis canas.

Mis achaques.

Mi café.

Mis nietos.

Mi casa patas arriba.

 

Y, si me da la gana,

también mis ganas.

 

Porque todavía soy mujer.

 

Y esta noche

no le pido permiso al espejo.

 

Se lo doy yo.

 

—La Meche