Heredamos la forma de apoyar las manos en la mesa,
el vicio de doblar las esquinas de los libros
y una tos seca que no responde al frío.
La infancia ocurre siempre en una cocina con poca luz:
alguien pela una fruta con una navaja sin filo,
alguien mira la cáscara caer entera,
sin romperse,
como si el cuidado fuera únicamente
la ausencia de interrupción.
Aprender a ser hijo consiste en memorizar los ángulos muertos.
El padre calla en el pasillo;
la madre mide la distancia entre el plato y la fiebre.
No hay épica en el linaje, solo una lenta sedimentación de gestos:
la postura al volante,
el modo exacto de desconfiar de las visitas,
la culpa que se transmite con la regularidad de una marea doméstica.
Luego llega el año en que los cuerpos dejan de ser un refugio
y pasan a ser un inventario de advertencias.
Descubres en el espejo una mandíbula que no elegiste,
el nacimiento de una calvicie que ya viste doblarse sobre facturas viejas.
Te reconoces en el cansancio ajeno.
Quieres devolver la llave, pero la cerradura se ha fundido con el hueso.
Ahora miras al padre cruzar el paso de cebra con pasos cortos,
midiendo el bordillo como quien tantea un abismo doméstico.
La autoridad se ha evaporado;
solo queda este pudor de verlo equivocarse de nombre
y llamarte como a la madre,
de sostenerle el brazo sin que parezca caridad,
notando cómo cede en tu propio esqueleto
la casa construida a la medida
del cuerpo que ahora sostienes.
Antonio Portillo Spínola ©