Rosa Maria Reeder

EL OTOÑO QUE APRENDIÓ A DESAPRENDER

No fue el viento quien desnudó los árboles.

Fue el tiempo,
que una mañana
les habló en secreto
de todo aquello que pesa
cuando se insiste demasiado en permanecer.

Y el árbol comprendió.

No preguntó por qué
la rama debía quedarse sin nombres,
ni por qué el oro de sus hojas
tenía que convertirse en tierra.

Simplemente abrió las manos.

Una a una,
dejó partir sus antiguas certezas.

Y entonces ocurrió el milagro:

el árbol, que parecía morir,
comenzó a parecerse más a sí mismo.

Porque hay raíces
que solamente se conocen
cuando el cielo se queda vacío.

Hay silencios
que no son ausencia,
sino una forma más profunda de escuchar.

Y hay despedidas
que no terminan una historia:
la llevan hacia un lugar
donde todavía no sabemos leerla.

Por eso el otoño no cae.

Nos enseña a caer.

A desprendernos sin odio
de aquello que alguna vez fue hermoso,
a dejar ir sin convertir la memoria
en una cadena,
a comprender que ninguna rama
puede abrazar eternamente
la hoja que la hizo sombra.

Miro los árboles desnudos
y ya no pienso en la muerte.

Pienso en Dios
trabajando bajo tierra.

En esa misteriosa paciencia
con que la semilla acepta
desaparecer de la luz
para preparar su regreso.

Quizá nosotros también
seamos estaciones.

Quizá algunas pérdidas
sean solamente la manera
en que el alma cambia de paisaje.

Y quizá la verdadera sabiduría
no consista en conservarlo todo,
sino en saber qué debemos soltar
para que dentro de nosotros
pueda nacer lo que todavía
no tiene nombre.

Por eso, cuando llegue el otoño,
no recojas las hojas caídas
como quien recoge ruinas.

Déjalas volver a la tierra.

Ellas conocen un secreto
que nosotros tardamos una vida en aprender:

a veces, para volver a florecer,
hay que tener el valor
de dejar de ser lo que fuimos.

Rosa María Reeder

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