Partiré del blanco inmaculado del recuerdo,
de las tardes donde todo parecía posible,
donde mis manos fueron pinceles
y minaban de la tierra
el barro de tu cuerpo.
Era entonces el barrio un poquito mejor.
El invierno caía con más cuidado sobre los techos,
y aquella brisa fresca de diciembre
fue de nuevo una esperanza
de ver luces en casas
y promesas de puertas abiertas.
Es septiembre.
Pasan de las seis de la tarde.
Llega la hora donde mejor te recuerdo.
Mis manos están sucias,
como vos,
como yo,
a esta hora,
un poco ajenos,
lejanos ya de aquellas tardes.
Sin embargo, yo, amor,
por algún motivo que no viene al caso,
me siento
y nuevamente te escribo.