Uno y una suman dos.
Empieza bien el cotarro
(no confundir con catarro).
Espera, me dio la tos;
mejor enciendo un cigarro
(ya, de paso, me lo fumo)
y prosigo la escritura
para no perder el hilo
y, con él, la compostura
que se me fue con el humo.
Si es que tengo el alma en vilo
por este caso que asumo
con mi pose más cortés.
Ya sabes: contra el estrés,
la tila sale del tilo,
y como no hay dos sin tres,
a falta de tila, un zumo.
Bueno, ya estoy más tranquilo.
Si aciertas en qué bolsillo
guardo las palabras rotas,
te regalo el estribillo
con su letra y con sus notas.
(Las marujas del visillo
se están poniendo las botas).
¿Y qué quieres que le haga,
si tengo que hablar en clave?
¿No ves que la IA es maga
y de todo ella que sabe?
Hazle caso a tu intuición
y piénsatelo dos veces,
o pídele su opinión
a quien sea que le reces.
Hoy debo reconocer
que ya me siento deudor
de decirlo sin pudor,
y como tal, lo diré
poniendo siempre la lupa
en el fondo, sin dobleces,
y dando el lugar que ocupa
a la verdad que mereces.
¿Enrevesado quizás?
¿Un poco extraño tal vez?
Pues espera, que hay más
y con menos nitidez.
Ya le dije al otro hombre
(el que se cambia de nombre
recitando en tu balcón):
será mejor que te calles,
y no entres en acción
si los amores concilian
con las letras de un tal William;
Shakespeare, para más detalles.
Y se ve que me hizo caso,
habrá hecho la maleta.
Hay quien lo ha visto de paso
montado en su bicicleta.
Él y yo: un mano a mano.
Los dos por el mismo amor.
Una mujer, dos villanos,
pero un solo ganador.
Uno y una suman dos.
Este poema es un lío,
yo no me entero de nada
y ¿sabes?, ya no me fío
de cuál será la coartada.