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Hay una casa que nadie conoce
una casa sin llave y sin paredes
donde la luz conserva tu mirada
y el tiempo no consigue hacer silencio.
Allí siguen tus pasos en la madera
tu risa junto al borde de la mesa
la taza que esperaba tus mañanas
y el jardín que aprendió tu primavera.
No vive en esa casa la tristeza
vive una forma dulce de la ausencia
como una flor que guarda entre sus pétalos
la lluvia que una vez la hizo más bella.
He entrado muchas veces a sus patios
cuando la noche duerme sus relojes
y encuentro que el amor aún enciende
la lámpara pequeña de los nombres.
Porque hay amores que no se derrumban
aunque cambien los mapas y los años
se quedan como pájaros secretos
anidando en el árbol de los labios.
La casa donde aún floreces
no está hecha de ladrillos ni ventanas:
está hecha del pulso de mi sangre
del eco que dejaron tus palabras.
Y si algún día el mundo me pregunta
dónde guardé la dicha que perdía
diré que vive intacta en esa casa
donde todavía florece tu alegría!
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