CUANDO APRENDÍ A ELEGIRME
No fue una mañana cualquiera
cuando decidí marcharme.
No hubo puertas golpeadas,
ni una maleta llena de rabia,
ni palabras lanzadas al viento
como cuchillos.
Me fui mucho antes.
Me fui cada vez que esperé
una palabra que nunca llegó,
cada vez que escondí mis lágrimas
para no incomodarte,
cada vez que hice pequeño mi corazón
para que cupiera
en el espacio que tú querías concederme.
Y, sin embargo,
te quise.
Dios sabe cuánto.
Te quise con esa clase de amor
que permanece encendido
aunque la noche sea interminable.
Te miré durante tanto tiempo
con los ojos de quien todavía espera
que una semilla se convierta en árbol,
aunque la tierra
ya no tenga agua.
Pero llegó el cansancio.
No ese cansancio del cuerpo
que se cura durmiendo,
sino el otro:
el que se instala en el alma
cuando uno descubre
que está dando su vida
por algo que nunca termina de nacer.
Entonces me quedé sola
con mis propias ruinas.
Y fue allí,
entre lo que quedaba de mí,
donde comenzó mi regreso.
Me abracé.
Por primera vez
me abracé sin esperar
que alguien viniera a hacerlo.
Y descubrí algo terrible y hermoso:
yo también necesitaba de mí.
Empecé a escuchar mis deseos,
a cuidar mis heridas,
a devolverle luz
a los lugares de mi alma
que había apagado por amarte.
Y sucedió lo imposible:
comencé a gustarme.
Después comencé a quererme.
Y finalmente,
sin darme cuenta,
me enamoré de la mujer
que había sobrevivido
a todo aquello.
Por eso cuando volviste
mi corazón se alegró.
Sí.
Hubo un instante
en que pensé que el pasado
podía abrir nuevamente sus ventanas
y dejar entrar la primavera.
Pero te miré.
Y ya no encontré
aquel hombre que mi memoria
había convertido en milagro.
Tal vez habías cambiado.
Tal vez cambié yo.
O quizá simplemente
aprendí a verte
sin la venda del amor.
Entonces comprendí
que no quería volver.
No porque no hubieras significado nada,
sino porque habías significado demasiado
durante demasiado tiempo.
Yo ya no quería un amor
que tuviera que perseguir.
No quería vivir preguntándome
si mañana me elegirías.
No quería mendigar presencia,
ni traducir silencios,
ni inventar esperanzas
para justificar ausencias.
Quiero otra cosa.
Quiero a alguien que llegue
con la risa abierta
como una ventana después de la lluvia.
Alguien que tenga fuego en los ojos,
pasión en las manos
y un sueño que le tiemble dentro.
Quiero admirar al hombre que amo.
Quiero verlo luchar por sus días,
equivocarse,
levantarse,
decidir,
arriesgarse.
Quiero caminar junto a alguien
que no tenga miedo de caminar conmigo.
Y quiero que me ame
sin hacerme dudar de mi valor.
Porque ahora sé cuánto valgo.
Lo aprendí cuando dejé
de medir mi belleza
con la distancia de tus abrazos.
Lo aprendí cuando comprendí
que mi corazón no era una sala de espera.
Y ahora que vuelvo a pertenecerme,
no puedo regresar
a donde tuve que abandonarme
para quedarme contigo.
No te odio.
No quiero que te vaya mal.
Al contrario.
Deseo que algún día
te encuentres frente a ti mismo
y descubras al hombre
que quizá nunca te atreviste a conocer.
Que aprendas a mirarte
con la misma ternura
que yo alguna vez tuve contigo.
Que descubras tus propias heridas
y dejes de esconderlas.
Que aprendas a quererte.
Porque quizá entonces
entiendas lo que yo entendí demasiado tarde:
nadie puede ofrecer un amor completo
cuando todavía está huyendo
de sí mismo.
Y si alguna noche
mi nombre regresa a tu memoria,
no pienses que me fui
porque dejé de quererte.
Me fui
porque un día comprendí
que también yo merecía
ser elegida.
Y aquella noche,
por primera vez,
entre tú y yo,
me elegí a mí.
--Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2016.
Genero : poesía lírica
Forma : verso libre.