No es por costumbre ni por mandato de la rutina, amada mía, que cada mañana mi pecho vuelve a latir a tu ritmo; el Creador dispuso en tu existencia una verdad distinta que me enseña a enamorarme de ti en un bucle infinito.
No necesito forzar a la mente a buscar tu recuerdo: pensarte es un instinto puro, tan vital como respirar el aire, una ley de atracción que inclina todos mis pasos hacia tu centro y deshace la lógica fría en la que antes solía refugiarme.
Si supieras la ansiedad dulce que me recorre las venas cada vez que la distancia se acorta y la hora se acerca para verte, entenderías cómo este mundo distante recupera la vida solo cuando el café de tus ojos vuelve a aparecerse.
Verte llegar, cruzando cualquier esquina de nuestro camino, es borrar de un solo golpe la monotonía y el cansancio del andar; es sentir que ante la multitud, Pelaita hermosa, mi alma hace catarsis y vuelve a sonreír de verdad.
Que pasen los días y las mareas inciertas de la vida, yo seguiré reincidiendo en este amor sin reservas ni temores, porque no hay mayor fortuna que volver a escogerte cada día y celebrar la alegría intacta de encontrarnos entre mil miradas.