El tiempo que corre ingrávido
previo a cada movimiento
que palpita en el reloj
es parte de un sortilegio.
Todo da vida al instante:
las piezas, la sala, el juego.
Exulta de gracia y éxtasis
tanto el alma como el cuerpo.
Cuando se produce al fin
el mover de algún trebejo,
oh ajedrez bendito y puro:
¡cuan grande son tus cielos!
Santos que proliferaron,
delincuentes que no fueron,
las crudas vidas de tantos
salvadas por el tablero.
En tu atmósfera y Edén
tan delicado y eterno
suspiro por consumirme:
por tu juego, por tu tiempo.