Éramos, de algún modo, la ternura en estado puro.
Dos cómplices descalzos desafiando a la corriente,
gobernando un cascarón de tablas viejas
mientras inventábamos un sol que apenas nacía.
A esa edad temprana, el corazón no sabe de dobleces;
por eso sé, con la certeza que dan los años,
que el destino nunca volvió a regalarme
una alianza semejante.
Luego llegó el tiempo de las utopías urgentes,
cuando el almanaque marcaba diecisiete inviernos.
Nos prometimos lealtad contra el olvido,
repartiendo la vida entre cuadernos de versos,
primeros romances y madrugadas clandestinas.
El mundo era un mapa dispuesto a ser conquistado,
una trinchera compartida donde el olvido
era solo una palabra lejana y sin peso.
Pero el tiempo es un cobrador implacable.
Hoy la distancia se mide en llamadas telefónicas
que tropiezan en silencios incómodos y frases gastadas.
Yo elegí seguir remando en la misma orilla,
mientras él prefirió la comodidad de los atajos
y canjeó el horizonte por un puerto seguro.
Aunque duela el desencanto de saberlo vencido,
mantengo intacto el altar de lo que fuimos.
Ambos dejamos jirones de piel en el camino;
el viejo aroma de los veranos de infancia
se evaporó entre la madurez y la rutina.
Ahora actúo mi propia existencia en este escenario falso,
mientras él, cada domingo,
diluye la prisa cepillando el pelaje de un perro.
Fuimos fuego y hoy somos ceniza mansa,
pero nadie podrá borrar que, en los días de gloria,
nadie me quiso con tanta honestidad.