JUSTO ALDÚ

CARGANDO UN MUERTO (primera parte)

                                                                                           Imagen creada con IA

 

Cuando Eulalia Montiel llegó a la ciudad llevaba tres gallinas, una maleta de cartón, dos vestidos de domingo y la convicción de que en aquel lugar los hombres debían ser distintos.

Venía de un pueblo donde las mujeres aprendían desde niñas que había tres maneras de conocer el carácter de un hombre: verlo trabajar, verlo emborracharse y verlo regresar a casa después de una pelea. Eulalia, sin embargo, había tenido mala suerte con los hombres. Los pocos que se le acercaron cuando era joven se fueron antes de que ella pudiera aprenderse sus apellidos.

Con los años había engordado.

No se sabe exactamente cuándo empezó a suceder. Tal vez fue después de la muerte de su madre, cuando descubrió que el arroz con coco podía llenar ciertos silencios. Tal vez fue porque en la ciudad todo parecía comerse con prisa: las preocupaciones, los salarios, los domingos y hasta los recuerdos.

Lo cierto es que Eulalia llegó a pesar tanto que, cuando subía a un autobús, el vehículo parecía inclinarse discretamente hacia su lado.

Su hermana menor, Clara, era todo lo contrario. Clara había heredado una belleza que parecía no necesitar permiso. Tenía los ojos grandes, la cintura estrecha y una manera de caminar que hacía que los hombres olvidaran por unos segundos hacia dónde iban. Casi sin darse cuenta movía las nalgas con destreza coqueta. Eulalia decía que aquella belleza era una desgracia familiar.

 

-A ti Dios te dio la cara y a mí me dio el cerebro -le decía.

Clara se reía.

 

-Entonces estamos empatadas. -reían juntas-

 

Vivían juntas en un apartamento pequeño, en un barrio donde las paredes escuchaban las conversaciones y los vecinos sabían quién llegaba tarde antes que el propio interesado.

Eulalia tenía un buen empleo en una oficina del gobierno. Ganaba bastante bien, pagaba las cuentas a tiempo y hasta había conseguido ahorrar una cantidad de dinero que guardaba en una caja metálica dentro del armario.

Clara, en cambio, cambiaba de trabajo con la misma facilidad con que cambiaba de vestido.

Fue entonces cuando apareció Tomás. Nadie supo de dónde había salido. Algunos decían que de la costa; otros, que de una finca cercana a la frontera. Él decía que había nacido en una ciudad que no figuraba en ningún mapa.

Era joven, de sonrisa fácil y manos inquietas. Había trabajado de vendedor, ayudante de mecánico, cobrador, vigilante y repartidor. Nunca duraba más de tres meses en ningún empleo.

 

-Yo no nací para obedecer -decía.

 

En realidad, había nacido para no trabajar demasiado. Conoció a Eulalia una tarde lluviosa, cuando ella salió de la oficina y se refugió bajo el alero de una tienda. Tomás apareció detrás de ella.

 

-¿Le ayudo con la lluvia?

 

Eulalia lo miró extrañada.

 

-¿Cómo piensa hacerlo?

 

-Puedo mojarme por usted.

 

Ella soltó una carcajada. Hacía años que nadie conseguía hacerla reír de aquella manera. Tomás comprendió inmediatamente que había encontrado una puerta abierta.

Durante las semanas siguientes empezó a aparecer donde ella estaba. Le llevaba flores que compraba a última hora en el mercado. Le decía que sus ojos eran hermosos. Le aseguraba que siempre había sentido debilidad por las mujeres inteligentes.

Y una noche le dijo:

 

-Usted no es gorda, Eulalia. Usted es una mujer grande.

 

Aquella frase le abrió el corazón como una llave maestra y las piernas con la otra llave bien dotada que Eulalia montó gritando y corriéndose varias veces.

Después comenzaron los pequeños problemas. Primero fue una deuda. Luego una enfermedad que nadie pudo comprobar. Después una oportunidad extraordinaria de montar un negocio. Cada desgracia tenía una cifra. Y Eulalia pagaba. Solo pensaba en montarse nuevamente en esa torre de Eiffel.

Tomás descubrió que enamorar a una mujer era mucho más barato que enamorarse de ella. Pero cometió un error. Conoció a Clara.

Desde el primer momento sintió por ella algo distinto. No era amor. El amor, cuando aparece, suele traer cierta torpeza. Lo que Tomás sintió fue ambición y ganas de acomodarle su gran herramienta.

Una noche le dijo a Clara que Eulalia estaba enferma de celos, que no soportaba verla feliz, que quería separarlos porque estaba enamorada de él. Clara le creyó. Tomás era bueno mintiendo porque jamás parecía pensar que estaba mintiendo.

Y así comenzó una relación escondida que, según dicen los vecinos, duró varias semanas. Hasta aquella noche.

Eulalia regresó temprano. Había olvidado unos documentos de la oficina y volvió por ellos al apartamento. Al abrir la puerta encontró dos pares de zapatos donde no debían estar. Una falda, un panty, un brasier...

Luego escuchó una risa. Después otra. La voz de Clara:

 

- Asíiii, así, papi no pares.

 

Eulalia no gritó. No preguntó. Entró en el dormitorio y los encontró juntos.

Durante unos segundos el mundo dejó de hacer ruido. Miró a Clara. Luego miró a Tomás. Y después vio, sobre la mesa de noche, una camisa de ella doblada cuidadosamente.

Algo dentro de su cabeza se rompió. Fue a la cocina. Tomó un cuchillo.

En su pueblo había degollado gallinas durante tantos años que aquel movimiento pertenecía a una memoria más antigua que sus pensamientos. Volvió al dormitorio. Lo demás sucedió en pocos segundos.

Cuando Clara comenzó a gritar, ya era demasiado tarde. Tomás había dejado de respirar.

La noticia recorrió la ciudad antes que la policía. Durante días los periódicos hablaron de Eulalia Montiel, la mujer celosa que había matado a su amante. Pero nadie escribió que Tomás nunca la había amado. Nadie escribió que le había sacado dinero. Nadie escribió que había utilizado a la obesa Eulalia como quien utiliza una escalera.

 

Seguirá...