Un café encendido en la bruma,
las farolas parpadeando como ojos cansados.
La ciudad se derrite a los pies de la noche
y nosotros nos amamos sin pedirle permiso a la lluvia.
Tus labios huelen a incendio y a tabaco negro.
Te abrazo y la torre Eiffel se dobla como una cuchara,
los relojes se detienen,
mientras las calles de terciopelo nos tragan sin hacer ruido.
No hace falta luz cuando la piel quema
en este París de medianoche,
el tiempo se detiene justo en el ángulo donde nace tu sonrisa
y este deseo furioso de quemar el mundo para calentarnos los dos.