Antonio Portillo Spínola

Las dos orillas del perdón

 

 

I. El que perdona

​Guardé la herida como guarda el fuego,

cebando la ceniza con desvelo,

buscando en el rencor algún consuelo

sin ver que en esa celda viví ciego.

​Hoy suelto la presión de cada dedo.

No borro la memoria ni su daño,

mas no daré a la queja un nuevo año:

dejo caer la piedra de mi miedo.

​Te nombro sin el filo de aquel juicio;

soltarte es derribar tanta muralla,

dejar morir la cólera y la batalla

al borde de aquel hondo precipicio.

II. El perdonado

​Llevaba el fardo atado a cada paso,

un hierro endurecido en la mirada,

temiendo hallar la puerta clausurada

y el tiempo consumiéndose en su ocaso.

​Esperaba el rigor de la sentencia,

la cólera encendida de tu ceño,

pero encontré tu gesto sin desdeño

y un silencio más hondo que la ausencia.

​No tengo con qué honrar lo que me entrega

tu mano abierta, libre de la reja;

tu voz no borra el mal, pero lo aleja,

y el mar de la zozobra no me anega.

​Antonio Portillo Spínola ©