I. El que perdona
Guardé la herida como guarda el fuego,
cebando la ceniza con desvelo,
buscando en el rencor algún consuelo
sin ver que en esa celda viví ciego.
Hoy suelto la presión de cada dedo.
No borro la memoria ni su daño,
mas no daré a la queja un nuevo año:
dejo caer la piedra de mi miedo.
Te nombro sin el filo de aquel juicio;
soltarte es derribar tanta muralla,
dejar morir la cólera y la batalla
al borde de aquel hondo precipicio.
II. El perdonado
Llevaba el fardo atado a cada paso,
un hierro endurecido en la mirada,
temiendo hallar la puerta clausurada
y el tiempo consumiéndose en su ocaso.
Esperaba el rigor de la sentencia,
la cólera encendida de tu ceño,
pero encontré tu gesto sin desdeño
y un silencio más hondo que la ausencia.
No tengo con qué honrar lo que me entrega
tu mano abierta, libre de la reja;
tu voz no borra el mal, pero lo aleja,
y el mar de la zozobra no me anega.
Antonio Portillo Spínola ©