Me falta el eco suave de una voz que dibuje el «buenos días» en el aire, o la quietud callada de un «buenas noches» susurrado al oído.
Sé bien que el amor no habita solo en los detalles sencillos, sino en la entrega profunda: esa hermosa arquitectura de morir un poco a uno mismo para renacer en el otro, de dar la vida sin reservas. Es la magia de saber que, tras la tormenta de una discusión, la paz siempre nos espera entre la calidez de las sábanas, donde el perdón se vuelve caricia.
Añoro el beso tenue que despoja al alba de sus sombras, la complicidad de un café compartido entre risas leves y manos que se buscan sin prisa.
Al mirar hacia adentro, descubro que he pasado estos últimos años habitando solo en mi propio templo, viviendo únicamente para mí. Hoy el alma me pide compartir la casa, el pan y el tiempo.
Hoy abro espacio para una compañera: una mujer que anhele ser mimada y sostenida, que sonría ante el perfume de unas flores inesperadas, que disfrute el desayuno entre las cobijas un domingo y la emoción indómita de una aventura al llegar el fin de semana.
Busco, en fin, a quien quiera escribir conmigo la bella poesía de la vida cotidiana.