Tarde abrimos los ojos, ya ha pasado el mundo.
A luz abierta, camina el hombre sobre los hombres,
Que a puertas cerradas a la marcha de la vida
Polvo en polvo se convierte en honra a la carne.
Sobre su torre, Dios dormita anhelando su caída,
Por sus labios, sucios por la lengua del niño
Pronuncia su epitafio, marcando mi frente
Con su nombre y parando la fúnebre marcha.
El cuerpo, su única herencia, prisionero del ánfora
Que en silencio convirtió el grito de los balcones
Y sus puertas se abrieron y ni carne o polvo había.
Ya el ánfora rota, sus restos cayeron sobre la carroza,
En movimiento una vez más por el mundo ido.
Tarde cerramos los ojos, ya ha pasado el hombre.