Antonio Portillo Spínola

El banquete de las dos orillas

 

​Nace la luz desnuda, sin ropajes,

un filo blanco que no sabe herir

más que arrancando sombras del linaje

de quien prefiere callar y sonreír.

​Frente a su fuego avanza la quimera:

la seda tibia de una voz sin sal,

la falsedad vestida en primavera

que amortigua el desgarro del cristal.

​Luchan a campo abierto y sin cuartel.

Una reclama el hueso del sentido;

la otra dibuja mapas en la piel

para salvar del vértigo al herido.

​Clava la certidumbre su mirada,

mientras el fraude teje la expiación;

ninguna cede el cetro ni la espada

al repartirse nuestra rendición.

​Y en medio, la estirpe: cómplice y testigo;

tememos tanto al rayo como al velo,

y confundimos sombras con abrigo

para inventar la propia paz de hielo.

​No desterramos nunca a la impostora

ni soportamos la verdad escueta;

hacemos de su herida abrasadora

una marea dócil y secreta.

​Con el engaño alzamos un escudo

para cruzar la intemperie del dolor,

y con la fe volvemos sobre el nudo

que restituye el peso a nuestro honor.

​Cenan del mismo plato, lado a lado,

huéspedes en el pecho del mortal:

hacemos de la sombra un aliado

y del destello limpio, el tribunal.

​Monstruos sagrados de feroz semblante,

así aprendimos a vivir despiertos:

empuñando una lumbre vacilante

mientras el mito abriga a nuestros muertos.

​Antonio Portillo Spínola ©