Nace la luz desnuda, sin ropajes,
un filo blanco que no sabe herir
más que arrancando sombras del linaje
de quien prefiere callar y sonreír.
Frente a su fuego avanza la quimera:
la seda tibia de una voz sin sal,
la falsedad vestida en primavera
que amortigua el desgarro del cristal.
Luchan a campo abierto y sin cuartel.
Una reclama el hueso del sentido;
la otra dibuja mapas en la piel
para salvar del vértigo al herido.
Clava la certidumbre su mirada,
mientras el fraude teje la expiación;
ninguna cede el cetro ni la espada
al repartirse nuestra rendición.
Y en medio, la estirpe: cómplice y testigo;
tememos tanto al rayo como al velo,
y confundimos sombras con abrigo
para inventar la propia paz de hielo.
No desterramos nunca a la impostora
ni soportamos la verdad escueta;
hacemos de su herida abrasadora
una marea dócil y secreta.
Con el engaño alzamos un escudo
para cruzar la intemperie del dolor,
y con la fe volvemos sobre el nudo
que restituye el peso a nuestro honor.
Cenan del mismo plato, lado a lado,
huéspedes en el pecho del mortal:
hacemos de la sombra un aliado
y del destello limpio, el tribunal.
Monstruos sagrados de feroz semblante,
así aprendimos a vivir despiertos:
empuñando una lumbre vacilante
mientras el mito abriga a nuestros muertos.
Antonio Portillo Spínola ©