Contemplo el rostro del árbol más bello;
tan alto que pienso en un río de pie,
y tan frondoso
que es un cielo de aplausos.
Su sombra es un castillo
y la manera tan suya que tiene de pestañear.
Todavía no tienden la alfombra,
aunque el otoño ya empieza a respirar
con ciertas dolencias de humo en los tapices.
Sueño con abrir su encantamiento,
adentrarme en su resina y sospechar sus barcos
o, al menos, la veta de grafito que podría abrigar
antes de ser el primer punto del universo.
Pero estoy cerrado, cicatrizado
en un interior sin posibilidad de ramas;
más próximo a un silábico fluir de raíces
que a ese campanario de urracas incesantes
que se dejan caer sobre lo que fue un columpio.
El columpio de neumático:
mi primera nave espacial, la única
con una astronauta en el impulso de mis manos
entre una galaxia de olanes azules alrededor
donde nunca más tendremos once años.
Olvera, P. México, 16 de septiembre de 2026