Esto de escribir
deja mucho volar en mí.
Este lápiz que se lanza,
el cuaderno que se acomoda
y qué decir de la mano,
resuelta y loca,
que nadie controla.
Se juntan las tonteras,
parece que se atropellan.
Total, el que lee y borra
es mi cabeza,
que a ratos se alborota.
El cuaderno ni se queja
de las hojas que no quedan.
El lápiz no se mira
mientras desciende su tinta,
y esta mano ya cansada
se acalambra, pero aún,
en su porfía, aguanta.
Ya los dejo.
Después de todo,
ya estoy algo viejo.
No es mucho lo que queda por andar.
Después de todo,
ese día llegará:
la mano soltará
a su amigo,
ese que tanto abrazó,
con el que rió, lloró, amó
y hasta imaginó cosas
que, sin mi permiso,
contó hasta de ella y de mí.
El único que quedará
sin saber qué pasó
será ese cuaderno,
donde tanto se contó.
Se preguntará por sus amigos:
la mano se irá conmigo,
el lápiz quedará en una esquina
y el cuaderno, solo,
como símbolo de un recuerdo.