martes, 11 de mayo de 2021
Rara vez nos detenemos a preguntar por qué creemos lo que creemos. Damos por sentado que nuestras convicciones son el resultado de un examen cuidadoso, de una investigación diligente, honesta y prolongada. Nos gusta imaginar que llegamos a ellas como llega un juez a un veredicto: sopesando pruebas, descartando prejuicios, escuchando a todas las partes.
La realidad es menos halagadora y más humana.
No elegimos nuestras creencias como se elige un libro en una biblioteca. Las heredamos, las absorbemos del aire que respiramos en la infancia, de la tribu que nos acoge, del lenguaje que nos nombra. Creer es, antes que un acto intelectual, un acto de pertenencia. Creemos aquello que nos permite seguir perteneciendo.
La investigación viene después. No para descubrir, sino para justificar. No para poner a prueba la creencia, sino para blindarla. La mente es extraordinariamente hábil construyendo argumentos a posteriori para sostener aquello que el corazón ya decidió que necesita ser verdad. Llamamos a esto razonamiento, pero muchas veces es solo arquitectura defensiva.
Esto no nos hace deshonestos. Nos hace humanos. Nadie puede vivir suspendido en la duda permanente. Necesitamos un suelo donde pararnos, aunque ese suelo haya sido elegido por comodidad, por miedo o por amor, y no por evidencia.
El problema comienza cuando confundimos esa necesidad psicológica con una virtud epistémica. Cuando creemos que porque nuestra creencia nos consuela, nos da sentido o nos hace parte de algo, entonces debe ser verdadera. Y cuando convertimos a quien no cree como nosotros en un enemigo moral, en lugar de en un interlocutor.
La libertad intelectual no consiste en tener razón en todo. Consiste en tener la humildad de reconocer el origen real de nuestras certezas. Consiste en admitir que, si hubiéramos nacido en otro tiempo, en otra familia, en otra geografía, creeríamos con la misma intensidad exactamente lo contrario.
Preguntarse por qué creo lo que creo no debilita la creencia que vale la pena conservar. La purifica. Separa lo que es herencia no examinada de lo que es convicción reflexionada. Y nos devuelve algo que la certeza rígida nos roba: la capacidad de escuchar.
Al final, no se trata de no creer en nada. Se trata de creer sabiendo cómo llegamos a creer.
Firmado: Alek Hine
TEXTO FILOSÓFICO — USO LIBRE CON ATRIBUCIÓN.
11.05.2021