En un estado de excepción o de sitio
los estragos muerden la calma,
mi tierra no necesita
un ramo de margaritas
sin el olor de la lluvia
y sin brotes verdes.
Me niego a cruzar
el caos de luto golpeado
y el sendero de la fatalidad
cuando zumban los oídos
de un gobierno engullido
por un rey extranjero,
y Felipe VI, amordazado.
No necesito estrategias fallidas
ni motivos de humo,
ni firmar documentos
en un velero seco, sin mar.
Es el tiempo de Ceuta.