Llegan corriendo por el gran camino,
ángeles nobles de mirada pura,
que traen con suavidad y con ternura
el hilo de oro de nuestro destino.
Un plato de agua y su comida es gloria,
nos dan la vida pura en su presencia;
su amor incondicional es su esencia,
un breve instante dentro de nuestra historia.
Son compañeros en el dulce aprecio,
al escuchar sus patitas al andar,
nace un afecto único al mirar,
un gran tesoro de incalculable precio.
Y aunque al final nos toca ver su ocaso,
nos dejan una luz en la mañana,
un viaje breve de enseñanza humana
y el hondo honor de su último abrazo.