Su nombre comenzaba con S,
como el sol,
como septiembre,
como esa suerte extraña
de encontrar a alguien
y sentir, sin saber por qué,
que ya lo conocías de antes.
Su sonrisa también comenzaba con S.
Sonrisa tímida,
pequeña, casi secreta,
pero suficiente para ponerme de rodillas
sin tocarme.
Después vino el silencio.
También con S.
Se fue sin despedirse,
y yo me quedé suspendido
en esa espera sin nombre,
escuchando el teléfono
como quien espera una señal
del universo.
Me convertí en adicto
a las señales.
A una pantalla encendida.
A tres puntos apareciendo.
A una vibración.
A la posibilidad absurda
de que su nombre volviera a comenzar
con S sobre mi pantalla.
Pasaron los meses.
Y la S cambió de significado.
Ya no era solamente su nombre.
Era soledad.
Era silencio.
Era sed.
Era sombra.
Era esa sensación de despertar
y sentir que todavía faltaba algo
antes incluso de abrir los ojos.
Pero también comenzó a ser
sobrevivir.
Seguir.
Soltar.
Sanar.
Y ahora me miro
como quien sale lentamente
de una habitación donde estuvo demasiado tiempo.
Un adicto en recuperación.
Todavía hay mañanas
en que el recuerdo sabe a recaída,
pero ya no confundo
extrañar con necesitar.
Entonces aparece el sol.
Siempre aparece.
Sin importar quién se fue.
Sin importar quién cerró la puerta.
Sin importar cuántas noches
pasé mirando una pantalla apagada.
Sale.
Y me recuerda su nombre, sí.
Pero también me recuerda el mío.
Porque quizá el verdadero secreto
nunca estuvo en la S de ella.
Estaba en todas las palabras
que vinieron después:
seguir,
sobrevivir,
soltar,
sanar.
Y finalmente,
sin hacer ruido,
sucede algo que no esperaba:
la S deja de significar su ausencia
y empieza a significar
mi salvación.
El sol vuelve a salir.
Y esta vez
no me arrodillo ante lo que perdí.
Me quedo de pie.
Porque descubro que hay un brillo en mí
que ningún silencio pudo apagar,
una luz que no necesita
que nadie regrese
para existir.
Y quizá eso sea sanar:
entender que algunas personas
llegan como el sol,
te enseñan cuánto puede doler la luz
cuando desaparece,
y luego se van,
dejándote descubrir
que tú también
sabías brillar.