JordiCris ✍️

Marcius Ulpius, el legionario. (Historia real)

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Oda épica a un soldado de Roma 
 
Despunta el alba en Carnuntum,
sobre el Danubio dormido;
suena el buccinator al oído
despertando a la panopia y al viejo mundo.
 
La XIV Gemina se levanta,
legión de hierro y de gloria,
que lleva escrita en la historia
la voluntad de Roma santa.
 
Desde la Dacia conquistada,
hasta el confín de la Panonia,
Roma vigila su frontera,
con la espada siempre alzada.
 
Pero yo soy Marcus Ulpius,
un hombre entre tantos miles,
uno de aquellos hombres humildes
que hacen eternos los imperios.
 
Por la puerta del barracón
entra el sol de la mañana;
me encuentra sobre la lana,
con el cansancio por blasón.
 
El verano muerde fuerte,
pero aquí, junto al Danubio,
hasta el calor parece tibio
comparado con la muerte.
 
Pan, aceite y vino aguado:
desayuno de legionarios;
no hacen falta festines varios
para despertar al soldado.
 
Después llega el centurión,
con su mirada de acero:
«¡Armas, uniforme y aseo!».
Y comienza la inspección.
Las panoplias a revisión.
 
No hay trompetas de batalla,
ni enemigos tras la empalizada;
solo una mosca encarnizada
que sobre mi casco se instala.
 
Otear durante horas el horizonte,
buscar humo, acero o estandarte;
esperar que en cualquier parte
surja el bárbaro de repente.
 
Pero el bárbaro no viene.
Roma puede dormir tranquila;
solo un cuervo se avecina
parece anunciar que algo sucede.
 
Entonces cargo treinta kilos,
cassis, lorica, lorica hamata, scutum y sudor;
y en las manos el pilium y el gladius
con el pugio en el baltius
y cargando el loculus en la espalda
camino sobre mis ardientes caligaes
bajo un sol infernal y abrasador,
entre mosquitos y el polvo de los caminos.
 
¡Qué gloriosa es la campaña
cuando el enemigo no aparece!
La épica aquí también crece
aunque la marcha no entraña hazaña
más que el sudor de nuestras rufas.
 
Busco asaltantes y saboteadores,
vigilo caminos y caravanas;
pero encuentro ovejas tempranas,
pastores, piedra, polvo y labradores.
 
Luego regreso al campamento:
cocinas, fogones y pellejos de vino;
y a despellejar animales viejos,
los más comunes: conejos
y a limpiar basura y excrementos.
 
También la gloria necesita
quien friegue, barra y mantenga;
no hay imperio que se sostenga
si la letrina está de heces maldita.
 
Después, ejercicios y marchas,
inspecciones, y más disciplina;
porque hasta la gloria divina
se oxida si no se trabaja.
 
Y cuando el sol ya declina
sobre las aguas del Danubio,
el legionario busca alivio
junto a la empalizada latina.
 
Nos reunimos en la ribera,
jugamos al tesserae con los dados,
bebemos, olvidando el aguado
y cada cual cuenta al de su lado
cómo vencemos a media tierra extranjera.
 
Uno dice que en la batalla
derribó él solo a cien enemigos;
otro que, entre lanzas y gritos,
hizo huir a toda una muralla.
 
Yo escucho y guardo silencio,
porque conozco nuestra historia:
en Roma hasta la memoria
crece más que el propio imperio.
 
Llega la noche. La cena espera:
gachas, legumbres y algún pescado,
pan, salazón y garum salado,
son las raciones de la frontera
que serán deducidas del salario.
 
La carne quedó en otra historia,
junto a los compañeros caídos;
ellos duermen entre los olvidados,
nosotros seguimos hacia la gloria
después de aquella última cena.
 
Y cuando el último buccinator
llama al descanso, fin de la jornada,
se queda la antorcha apagada
y se duerme el campamento.
 
Entonces calla gladius, la espada,
calla el hierro y se calla Roma;
y sobre el Danubio se asoma
la luna, desnuda y plateada.
 
Y pienso, antes de dormir,
en los que partieron conmigo;
en los que no tendrán mañana,
ni otro alba que descubrir.
 
Mañana volverá el clarín,
otra revista, otra marcha;
otra guardia sobre la muralla,
otro día que no tiene fin.
 
Así se construye la historia:
no solo con sangre y batalla,
sino con quien limpia la muralla,
y no con quien permanece en la memoria.
 
Porque Roma no fue solamente
sus césares, tribunos y senadores,
tan siquiera sus legiones;
fueron también nuestras privaciones,
nuestro cansancio y nuestra gente.
 
Y quizá nadie escriba mi nombre
en mármol, bronce o pergamino;
quizá mi tumba quede en el camino,
sin estatua, sin corona, sin renombre.
 
Pero si Roma llegó tan lejos,
si su águila cruzó fronteras,
fue por miles de vidas enteras
perdidas entre el polvo y los reflejos.
 
Yo fui uno de aquellos soldados,
sin gloria propia ni fortuna;
uno más bajo el sol y la luna,
uno entre los miles de olvidados.
 
Así que no busquéis leyendas,
ni dragones, ni grandes batallas;
mi guerra fue guardar murallas,
mi hazaña, cumplir las órdenes.
 
¿Queríais una epopeya y
una gesta digna de Roma?
Pues esta es mi corona:
haber vivido donde nadie sueña.
 
Porque mientras los poetas cantan
las victorias de Césares triunfantes,
yo fui quien permaneció vigilante
cuando todos las victorias se callan.
 
Soy Marcus Ulpius, legionario.
No conquisté reinos ni laureles.
Solo fui uno de aquellos fieles
que hicieron eterno su calendario.
 
Y mañana, cuando el alba despunte
y el buccinator vuelva a sonar,
volveré mi escudo a levantar
frente al Danubio y el horizonte.
 
¿Qué esperabais de épico sí
solo soy un “miles legionarius
del Gran Imperio de Roma?
 
Si alguien lee esta carta
quizás nuestra historia se cuente
y atraviese algún puente entre:
el ayer, el hoy y el mañana.
 
CRISPÍN
Mi poesía
Poema Nº149
@JordiCris Derechos de autor reservados©️
 
Para una mejor comprensión lectora del texto os dejo un glosario de los términos usados en latín que son la voz del propio Marcus, en la carta que dejó y sirve de documento real como testimonio de primera voz de lo que era la vida de un legionario.
 

Glosario:

Buccina: clarín o instrumento de viento romano en forma de G que servía para dar las órdenes, cambios de guardia, movimientos de las tropas, órdenes durante una marcha o determinadas fases de una batalla y, la más común, abrir el día o cerrarlo a modo de diana o retreta en las legiones romanas.

Buccinator: el soldado músico encargado de tocar la buccina, cuya función era comunicar órdenes y señales acústicamente, especialmente cuando las tropas estaban dispersas. No formaba parte de la tropa de batalla.

Carnuntum: Fortificación romana en la región de la Dacia a orillas del Danubio que servía de base para la Legión XIV Gemina en el control fronterizo formada por 50.000 hombres creada por Augusto antes de convertirse en César. Sus tropas conquistaron y pacificaron Britania a las órdenes de Claudio y que formó parte del contingente con el que el emperador Trajano derrotó al rey dacio Decébalo y anexionó esta gran región junto al mar Negro a los dominios de Roma.

Caligae: El calzado del ejército, una sandalia de esparto y cuero que se ataba cruzada en las pantorrillas.

Empalizada latina: defensa hecha de estacas y maderas clavadas en el suelo típica de los acuartelamientos romanos

Garum: elaboración romana a modo de salsa fermentada de pescado muy utilizada en la cocina de la antigua Roma. Se elaboraba fermentando pescado —a menudo con sal— y se usaba como condimento, de forma parecida a una salsa de pescado actual. De sabor y olor muy penetrante.

Legionarius: Miembro o soldado de la legión romana

Lorica Hamata: cota da malla a modo de túnica formada por muchos anillos metálicos que servían de defensa que se llevaba encima de la rufia y debajo de la lorica.

Miles: es la categoría más baja en las legiones romanas que vendría a significar “soldado raso”

Panopia: fue la provincia romana conquistada al norte de la península de los Balcanes, junto al río Danubio. Actualmente su territorio corresponde aproximadamente a partes de Hungría, Croacia, Serbia, Austria y Eslovenia.

Panoplia: También en uso común “panopia” era el conjunto completo de armas y armadura de un soldado: casco (galea o cassis), coraza o armadura (lorica), escudo (scutum), jabalina larga o lanza (pilum), espada corta romana (gladius), cinturón (balteus), puñal largo (pugio) y la mochila o saca (loculus, de avituallamiento, herramientas y enseres de cocina)

Rufa: túnica de lana de color rojo que era la vestimenta de los soldados del ejército romano.

Tesserae: Típico juego de dados muy común entre los legionarios romanos, cuyas reglas se pactaban antes y, aunque no hay constancia de las reglas, se sabe que era un juego de lanzada, tres dados donde los jugadores apostaban antes de lanzar. Se trataba de sumar combinaciones que se comparaban y que eran consideradas especialmente buenas o malas según la combinación. La ganadora se llevaba la apuesta. Sí se sabe que la mejor tirada era la llamada Venus