De un modo inabarcable se encogían las aves,
elevadas al cielo, sostenidas en lo implacable,
acopio de miradas,
multitud de ficción, o de realidad fingida
a ras del agua, a vueltas de una idea,
una luz en la lengua del molusco,
y oro oscuro en la perla, que la hace mujer.
Después de los paisajes se aproxima
el resplandor amigo que en regazos aprende a conocerme,
a compartir el feto, como el último pan del desconsuelo.
La existencia del alma es una víbora,
todas las existencias son el alma de una víbora,
y todo lo tocado por Dios es una víbora.
Novecientas mil veces he llegado impuntual
a todo lo que menos me importaba.
Me fui cerrando en mí poco a poco,
con un mismo candado,
el miedo a no expresarme.
Y ahora tengo en mi cuerpo
media sangre,
un discurso, un mensaje emborronado.
Me muestro como soy, pero en realidad soy otros
y como tantos otros me silencio por causas
temporales.
Y ahora puedo escribir, suculento si cabe,
con un cadáver que ya me conocía,
al que han podrido los gusanos,
y solamente muerto vale dos veces más que un abrazo.
La piedra no podrá destruirse a sí misma,
y depende del agua,
con tiempos y distancias secos,
el fruto del destino al final sí resulta translúcido,
cualquiera, creo yo, puede cambiar el curso de la historia.
(La llamamos historia, no tiene un solo tiempo real
para llevarse la contraria.)
Estos versos no buscan ni se enojan,
no saben del fluir de las delicias,
he entrado sin oposición, porque lo veo todo como quiero.
Escuché varias voces, antes de entrar.
Y me llega con eso, para saber seguro
(Que esto es el estado exacto para cambiar,
yo me insto a seguir por el mismo camino, en paralelo.)