Solía escribir algo en estas fechas sobre lo que representa la independencia. Pero, pensándolo bien, la independencia es casi todo lo contrario a lo que Latinoamérica tiene.
No me cierro a mencionar únicamente a Guatemala, porque el panorama es mucho más amplio: desigualdades, guerras, conflictos, pobreza, corrupción y tantas otras formas de sometimiento.
Solía gritar, a través de la expresión hablada, lo que para mí significaba la libertad. Pero cuando la confundí con el libertinaje, pensé: ¿de qué estoy hablando?
Pienso que no puedo sujetar con mis manos la perfección de un mundo cuando ni siquiera yo puedo hacer todo a la perfección durante un día.
Culpar al presidente, al Congreso, al patrono… bueno, es un comienzo. Pero la responsabilidad también alcanza al ciudadano habitual: al que no se informa, al que vende su voto, al que normaliza la corrupción, al que maleduca a sus hijos. Aunque sobre la crianza me abstengo, porque no sé qué significa ser responsable de ella.
Es difícil buscar un culpable cuando incluso tener un sentido común que nos persuada a actuar se ha convertido en una tarea complicada.
Entonces recuerdo algo que escuché decir al señor Solórzano Foppa, parafraseándolo: no importa tanto que seamos pocos los que movamos las cosas; importa que exista alguien dispuesto a cambiar algo, por minúsculo que sea.
Y realmente creo que es así.
Sentarse sobre la queja es demasiado cómodo. Levantarse a hacer el cambio es la verdadera revolución.
No es necesario esperar una fecha para luchar.
La lucha es diaria.
¿Sobre qué?
Opino que sobre todo.