LA MUJER QUE LLEVA EL AMANECER
Hay una mujer caminando despacio
por la habitación del mundo.
Nadie sabe todavía
qué secreto sostiene contra su pecho,
qué pequeña tempestad de luz
crece detrás de su silencio.
Ella lo sabe.
Desde hace días
la noche tiene otro peso,
la mañana le llega más profunda,
y cuando toca su vientre
parece tocar una puerta
que antes no existía.
Adentro,
alguien trabaja en la oscuridad.
No tiene nombre todavía,
pero ya tiene un lugar
en el corazón de las cosas.
Crece como crece la raíz
sin pedir permiso a la piedra,
como una estrella que aprende
lentamente su oficio de fuego.
Y ella cambia.
Le cambia la sangre,
le cambia el sueño,
le cambia hasta la manera
de mirar una rama,
un pájaro,
una fruta abierta bajo el sol.
Todo le parece recién nacido.
La lluvia ya no es solamente lluvia:
es una música que algún día
mojará la frente de su hijo.
El viento no es solamente viento:
es la primera caricia
que ella quisiera enseñarle.
Y la tierra,
que antes parecía inmensa y distante,
se ha vuelto de pronto cercana,
como si debajo de sus montañas
también hubiera un corazón
escuchando.
A veces tiene miedo.
Mira sus propias manos
y comprende que son pequeñas
para sostener tanta eternidad.
Piensa en el día que vendrá,
en ese instante en que una criatura
dejará de ser misterio
para convertirse en llanto,
en respiración,
en dos ojos buscando los suyos.
Y tiembla.
Pero después sonríe.
Porque descubre que el amor
no llega siempre como una fiesta.
A veces llega como un miedo luminoso,
como una puerta que se abre
hacia una habitación desconocida,
como una voz diminuta
que todavía nadie escucha
y que, sin embargo,
ya modifica para siempre
el rumbo de una vida.
Ella prepara el futuro
con cosas pequeñas.
Dobla una tela.
Guarda una prenda.
Acaricia un espacio vacío
donde pronto habrá un cuerpo.
Y mientras todos continúan
con sus asuntos de cada día,
ella conversa en secreto
con alguien que aún no puede responder.
Le cuenta del cielo.
Le habla de los árboles.
Le promete las mañanas.
Le dice que hay mares
y montañas
y ciudades llenas de luces.
Le dice también
que la vida no será siempre dulce,
que habrá días de lluvia,
puertas que se cierren,
pérdidas que dejarán habitaciones vacías.
Pero que aun así
vale la pena venir.
Vale la pena respirar.
Vale la pena abrir los ojos
sobre esta tierra imperfecta
y encontrar, entre tanta oscuridad,
una mano que nos busque.
Entonces comprende algo:
que ser madre
no es solamente traer un cuerpo al mundo.
Es convertirse en casa
para alguien que todavía no conoce el mundo.
Es guardar una lámpara encendida
durante años.
Es aprender a sufrir
con una herida que no está en la propia piel.
Es descubrir que el corazón
puede vivir fuera del pecho
y caminar por las calles
con otro rostro.
Por eso ella mira el amanecer
como si fuera la primera vez.
La luz entra por la ventana.
Le toca la frente.
Le toca las manos.
Le toca el vientre.
Y durante un instante
parece que todo el universo
se hubiera detenido
para contemplar aquella mujer.
No hay coronas.
No hay campanas.
No hay nadie que la nombre.
Sólo el sol subiendo lentamente,
sólo la tierra respirando,
sólo ese cuerpo que guarda otro cuerpo,
sólo dos vidas unidas
por un secreto antiguo
que comenzó antes de las palabras.
Y ella,
con los ojos llenos de futuro,
comprende que desde ahora
nunca volverá a estar sola.
Porque aunque algún día
su hijo cruce mares,
ame a otras personas,
construya su propia casa
y se marche lejos,
habrá algo de él
que permanecerá para siempre
en la profundidad de su sangre:
una pequeña luz
que ninguna distancia podrá apagar.
Y entonces ella dice,
sin saber si habla con Dios,
con la tierra
o con el niño:
Ven.
Aquí está mi corazón.
No es perfecto.
Pero es tuyo.
Y mientras pueda,
haré de él
un lugar donde puedas volver.
--Luis Barreda/LAB
Los Angeles, California, EUA
Mayo, 2015.
Genero: poesía lírica
Forma : verso libre.