La tristeza me abraza por la espalda,
cubriéndome el cuerpo entero.
Tiene garras en lugar de brazos,
garras curvadas que me atraviesan el pecho,
me rompen las prendas,
me rompen la piel,
me quiebran las costillas
y me destripan hasta llegar al corazón
dejándolo salir por la espalda;
exponiéndolo al frío,
a las miradas de las personas,
miradas que se clavan como alfileres
alrededor de él.
La tristeza se me cuelga por el cuello,
hace que mi caminar tambaleé
y tropiece con lo que pudimos ser.
Se burla de mí la condenada
y yo no hago más que ver a otro lado
con rabia, con impotencia
con amargura.
Porque no soy tan fuerte para ver
lo que algún día fuimos
sin que se me cierre la garganta
con el trago avinagrado de la tristeza.
Se disfraza de ti,
se pasea con tu silueta por mi memoria,
peina con sus garras tu melena
y al verle la cara,
yo siento terror...
Terror porque no es tu rostro,
es un dibujo fallido con ojos desgarrados
completamente negros y hundidos;
colmillos ensangrentados y macabros
con una expresión pérdida.
No hago más que huir de ahí,
porque ese no eres tú
y yo siento miedo de mí,
porque en mis momentos de vulnerabilidad
sé que aunque ese no seas tú
sin pensarlo iré corriendo a esa imitación tuya,
me aferraré a esas garras
y me entregaré a la perdición.