Nadie en la casa recuerda el sabor de aquel olvido,
pero el polvo persiste en los anaqueles del alba
donde los tigres de la sombra pierden su vigencia.
Bajo la luz dudosa de una vaga mañana,
el tiempo dispersa los granos de una antigua siembra;
son ahora conjeturas en el fondo de un mar sin mapas,
lejanas geometrías que la marea gasta y olvida,
allí donde las naves no logran descubrir su puerto
y solo queda el eco de una patria perdida.
El día recupera su rigor de hierro y de ceniza
mientras unas alas celosas miden la penumbra del patio.
Son las prisioneras de un laberinto de pétalos,
fieles a la vigilia secreta de las flores
que ofrecen a la boca una dulzura que es una trampa.
Todo es un espejo ciego: la miel, el labio, la forma,
un simulacro más en la memoria del ciego
que sueña con el vuelo y despierta en su celda de tierra.