Desde un remoto latir vuelve tu nombre,
se adueña de mí, sobre las ruinas de mi tiempo.
Toca a la puerta, entra en cada cuarto,
se arrumba en los rincones de mi exilio.
No le hace falta anuncio, ni música, ni esencia,
empuja los latidos, se hace vida.
Me asombra, me pelea, me acaricia,
sorbe las gotas amarillas de la tarde.
Mis vivos y mis muertos lo celebran,
ilumina de aromas la ventana.
Agita los postigos, las aldabas,
tu nombre resucita mis vestigios.
Inquieta mi sombra imperturbable,
Y me llena de bosque la mirada.
Tu nombre es infinito y es efímero,
solo por él yo existo y yo perezco.