El vacío y las tinieblas.
Y antes de la luz la tierra estaba desordenada, y sometida al Abismo y las tinieblas; Dios vio que no era bueno, y dijo: ¡Hágase la luz!
Así nacieron realmente el Día y la Noche, sin sol ni luna, ni astro alguno. Solo la luz de Dios irrumpiendo en el cataclismo, y llamó Dios a las tinieblas del vacío, Noche; y a la luz divina la llamó Día. Estos no son los días de los hombres, sino los Días de Dios y sus hijos celestes. Porque los días son de la luz, pero esa luz se hizo por el resplandor del Hijo de Dios.
El edén y la madre tierra.
Entre los manglares salió un hombre desnudo, se acercó al claro del agua del río
y le clavó su mirada como flechas, pero pronto las flechas se volvieron ballestas, catapultas. Balas.
El río, al ver el reflejo de su mirada en su piel liviana no soportó tanto odio, saña,
y cataclismo futuro.
Quiso hacer una tregua, pero el hombre sonriendo majadero lanzó una advertencia:
—¡Tú eres mío! Te bebo cuando quiero, el rey no le da su trono a un siervo.—
El río lloró vapor, y la lluvia le supo a la tierra al más hondo dolor, amarga porque la paz
se había roto entre la naturaleza y el señorío del hombre.
Los animales conocían la historia, el Edén ya no era posible porque cuando el hombre conoció el bien y el mal,
se rompieron las cadenas de ese futuro en el que por siglos gobernaría no el hombre,
sino el delito dentro de sus corazones.
—Rómpete en pedazos— dijo el rayo al trueno, su ira por su herida roja, fulminando con sus chispas los bosques con árboles hechos de milenios,
la historia es la misma de hoy en día, donde vomitamos estiércol sobre la pureza de nuestros mares y cielos,
y aún así veo el reflejo del sol en el océano, como un rostro que se viene a lavar la cara con su sal contaminada.
Dios desde las alturas vio el precio de la separación del hombre y su rebelión,
ya conocía que el precio era el reflejo de la cruz de su propio hijo,
mientras Él lo veía sangrar
y clamar —Padre, ¿Por qué me has abandonado?—
y de los ojos brotó agua a diestra y siniestra en los cielos con amarga pero rotunda felicidad.
Porque la hiel que quisieron poner en su boca sedienta no alcanzó a decir su última palabra.