Hay un lago donde el cielo
deja caer sus secretos,
y el agua, quieta y profunda,
los guarda como recuerdos.
Me acerqué una tarde a su orilla
buscando encontrarme a mí,
pero el agua me devolvió tu mirada
sin que estuvieras allí.
Desde entonces sé que el amor
también puede ser un reflejo:
una presencia que permanece
aunque la distancia ponga silencio.
Te miro en cada onda del agua,
en cada destello de la luna,
en ese instante en que la noche
parece abrazar a la laguna.
Y pienso que quizá amarte
es hundirme sin miedo en lo profundo,
perderme en tus ojos
para olvidarme un instante del mundo.
Porque hay amores que no necesitan palabras,
ni promesas, ni siquiera estar cerca;
basta cerrar los ojos
para sentir cómo el alma los encuentra.
El lago guarda tu imagen
aunque el viento quiera borrarla,
como mi corazón guarda tu nombre
aunque el tiempo intente callarlo