Midnightfrases

Shaná Tová

Este año guardo recibos

de cosas que nunca compré:

 

una tarde que pudo haber sido,

un viaje que se quedó en promesa,

un nombre que aprendí a no pronunciar,

dos boletos doblados

en algún bolsillo que ya no recuerdo.

 

Guardo también

el olor de algunas habitaciones

después de que alguien se va.

 

Hay ausencias que no hacen ruido.

Se quedan en la casa

como un vaso olvidado sobre la mesa,

como una silla ligeramente corrida

que nadie vuelve a poner en su sitio.

 

Y hubo días así.

 

Días en los que la vida continuaba

con una crueldad casi elegante:

el café enfriándose,

los coches cruzando la calle,

la gente comprando flores,

mientras dentro de mí

algo seguía intentando entender

en qué momento había cambiado todo.

 

Este año subí

y bajé más veces de las que puedo contar.

 

Hubo noches en las que pensé

que ya había llegado al fondo,

y mañanas en las que descubrí

que todavía había otro piso debajo.

 

Pero también hubo luz.

 

Hubo mañanas en que el sol

cayó sobre el suelo

como monedas perdidas

y, por primera vez en mucho tiempo,

me agaché a recogerlas.

 

Hubo mesas demasiado pequeñas

para toda la gente que quería.

Vino derramado sobre un mantel.

Risas que llegaron

sin pedir permiso.

Canciones que ya no dolían

como antes.

 

Hubo familia.

 

Hubo ciudades que me devolvieron

pedazos de mí que creía perdidos.

 

Hubo noches mirando el cielo

intentando recordar

que incluso las cosas que parecen quietas

están viajando.

 

Y hubo manos.

 

Algunas aprendieron mi cuerpo

y después tuvieron que desaprenderlo.

 

Otras llegaron con cuidado,

como quien toca el timbre

de una casa que no sabe

si todavía está habitada.

 

Hubo alguien que cruzó un océano

para encontrarme

cuando yo todavía llevaba

demasiadas habitaciones cerradas.

 

Y no intentó derribar ninguna.

 

Simplemente se quedó cerca.

 

Quizá eso también sea una forma de amor.

 

Este año entendí

que uno puede pasar meses

intentando cerrar una cuenta

que nunca fue de dinero.

 

Que hay deudas

que se pagan dejando de esperar.

 

Que algunas personas

se llevan sus cosas,

sus libros,

sus fotografías,

sus promesas,

 

pero dejan una manera distinta

de mirar el pasillo.

 

Y que a veces no extrañamos

a quien se fue.

 

Extrañamos quiénes éramos

cuando todavía esperábamos

que regresara.

 

Qué extraño oficio

el de hacerse adulto:

 

encontrar versiones antiguas de uno

en lugares donde ya no vive

y decidir no llevárselas a casa.

 

No fui valiente todo el tiempo.

 

También fui impaciente.

También tuve miedo.

También confundí deseo con destino,

costumbre con amor,

insistencia con esperanza.

 

Dije cosas desde la herida

y callé otras desde el orgullo.

 

No quiero convertir todo eso

en una lección bonita.

 

Algunas cosas simplemente dolieron.

 

Y está bien.

 

Hay dolores que no vienen

a enseñarnos nada.

 

Solo vienen,

se sientan a nuestra mesa,

cenan con nosotros

y un día,

sin despedirse,

dejan de venir.

 

El año pasado,

cuando todavía no sabía

cuántas cosas tendría que aprender,

la vida me puso una enfermedad

delante.

 

La miré de frente.

 

Pasé por sus pasillos blancos,

por noches largas,

por el cansancio,

por el miedo que uno guarda

para que nadie más tenga que cargarlo.

 

Y salí.

 

No ileso,

pero sí vivo.

 

Pensé que aquella batalla

sería la página difícil

que quedaría atrás.

 

Pero la vida tiene una manera extraña

de recordarnos

que ninguna página nos pertenece.

 

Ahora, justo cuando empieza otro año,

aquella enfermedad

ha vuelto a visitarme.

 

Como alguien que toca nuevamente

una puerta que yo creía cerrada.

 

Y este nuevo año

trae consigo un desafío

que no pedí,

pero que me toca afrontar.

 

No sé todavía

cuántas noches tendrá.

No sé qué nombres tendrán

los próximos días,

ni cuántas veces tendré que reunir

el valor que pensé

que ya había gastado.

 

Pero conozco al hombre

que tuvo que hacerlo una vez.

 

Y sé que sigue aquí.

 

Así que no voy a recibir este año

con miedo como única compañía.

 

Voy a recibirlo

con la misma valentía

con la que atravesé el anterior.

 

No porque no tenga miedo.

 

Sino porque ya aprendí

que el valor no es caminar

sin temblar.

 

Es caminar

sabiendo que tiemblas.

 

Ahora el calendario

empieza otra vez.

 

Una página nueva

siempre parece una promesa

hasta que la vida comienza

a escribir encima.

 

No sé qué traerá.

 

Quizá otra despedida.

Quizá una puerta.

Quizá una ciudad desconocida.

Quizá la misma ciudad

mirándome con otros ojos.

 

Quizá días difíciles.

 

Quizá días extraordinarios.

 

No pido un año perfecto.

 

Ni siquiera quiero uno limpio.

 

Quiero un año con manchas.

 

Con domingos lentos.

Con planes que fracasen

sin que yo sienta que fracasé.

Con cenas que terminen tarde.

Con viajes que cambien de rumbo.

Con gente que se quede

porque quiere quedarse.

 

Quiero equivocarme

sin convertir cada error

en una sentencia sobre quién soy.

 

Quiero aprender

a dejar algunas puertas cerradas

sin quedarme escuchando

del otro lado.

 

Y quiero seguir aprendiendo

algo que este año

me costó demasiado:

 

que puedo amar profundamente

sin desaparecer dentro de alguien.

 

Que puedo recordar

sin regresar.

 

Que puedo extrañar

sin abandonar mi presente.

 

Que puedo perder

y aun así

seguir siendo mío.

 

Por eso esta noche

no brindo por empezar de cero.

 

Cero es demasiado poco

para todo lo vivido.

 

Brindo por el inventario completo:

 

por las pérdidas,

por las pequeñas victorias,

por las conversaciones que terminaron,

por las que nunca comenzaron,

por las camas compartidas

y por las noches en que nadie esperaba mi regreso.

 

Por las personas que fueron casa.

 

Por las que fueron incendio.

 

Por las que simplemente

pasaron por la puerta

y dejaron una ventana abierta.

 

Por mi familia,

por los lugares que me recibieron,

por las manos que llegaron

cuando yo todavía estaba aprendiendo

a soltar otras.

 

Por el hombre que fui

y por el que todavía estoy intentando ser.

 

Por el cuerpo que me ha llevado

hasta aquí,

incluso cuando dejó de sentirse invencible.

 

Por el año que me curó.

 

Y por este que vuelve a ponerme

a prueba.

 

Por todo lo que este año

me quitó sin preguntarme.

 

Y por todo lo que,

a pesar de eso,

todavía puedo recibir.

 

No llego a este nuevo año

intacto.

 

Llego con cicatrices,

con preguntas,

con nombres que todavía pesan

y con algunos silencios

que todavía estoy aprendiendo a aceptar.

 

Pero llego.

 

Y esta vez sé algo

que antes no sabía:

 

ya he atravesado la noche

y sé que la mañana existe.

 

Así que enciendo las velas.

 

Parto el pan.

 

Miro la mesa.

 

Y agradezco que todavía hay sillas.

 

Shaná Tová.

 

Que el año nuevo

no borre el anterior.

 

Que no me quite la memoria

de lo que dolió

ni la gratitud

por lo que me sostuvo.

 

Que me encuentre

con las manos llenas de recuerdos

pero todavía lo bastante vacías

para recibir algo nuevo.

 

Y si este año vuelve a pedirme

la valentía que ya tuve,

 

que me encuentre preparado.

 

No porque no tenga miedo.

 

Sino porque ya sé

que puedo tenerlo

y aun así seguir caminando.

 

Que pueda mirar atrás

y no preguntarme

si sobreviví al año.

 

Solo decir:

 

lo viví.

 

Todo.

 

Y aquí estoy.