Luis Barreda Morán

El Imperio de Las Horas

EL IMPERIO DE LAS HORAS

Poema épico sobre la fugacidad de todas las cosas

PRELUDIO

Antes de que existiera el tiempo

Antes de nosotros
no había nombres.

Ni ojos para contemplar la aurora,
ni manos para levantar una copa,
ni labios para pronunciar
la palabra amor.

El mundo existía
sin saber que era hermoso.

Los mares golpeaban las piedras
sin que nadie escuchara su música.

La noche descendía sobre las montañas
sin que nadie la llamara noche.

Y las estrellas,
antiguas como el silencio,
ardían sobre un universo
que todavía no había aprendido
a sentirse mortal.

Entonces llegamos.

Llegamos con nuestros pequeños corazones
a una eternidad que no nos pertenecía.

Y levantamos ciudades.

Tuvimos hijos.

Amamos.

Construimos palacios.

Escribimos nuestros nombres
sobre la piedra.

Creímos,
como todos los hombres antes que nosotros,
que el mundo había sido hecho
para que nuestras huellas permanecieran.

Pero había algo
que caminaba detrás de nosotros.

Algo sin rostro.

Algo paciente.

Algo que jamás tuvo prisa.

El Tiempo.

CANTO I

LA VIDA

La vida comienza
sin pedir permiso.

Un día respiramos
y el universo parece abrirse
ante nuestros ojos.

Somos pequeños dioses
ignorantes de nuestra condición.

Creemos que la mañana
ha sido creada para nosotros.

Que habrá otro verano.

Otro invierno.

Otra cosecha.

Otra oportunidad.

Y corremos.

Corremos detrás del futuro
sin comprender
que cada paso hacia adelante
es también un paso
hacia nuestro final.

La infancia desaparece
sin despedirse.

La juventud pasa
como un caballo desbocado.

Los años se acumulan
detrás de nosotros
como hojas arrastradas por el viento.

Y un día descubrimos
que aquel niño que fuimos
vive únicamente en la memoria.

Entonces comprendemos:

no poseemos la vida.

La atravesamos.

Somos viajeros
que confunden el camino
con la casa.

CANTO II

LA JUVENTUD

Hubo un tiempo
en que el cuerpo parecía eterno.

La sangre ardía.

Los ojos tenían hambre de horizontes.

Los caminos parecían infinitos.

Y la muerte era
una palabra perteneciente a otros.

Qué arrogante es la juventud.

Cree que el espejo
es un pacto con los dioses.

Cree que las flores
no conocen el invierno.

Cree que los labios
nunca perderán su fuego.

Pero llega el tiempo.

Primero lentamente.

Una línea junto a los ojos.

Una sombra sobre la frente.

Un cabello que abandona
el color de los años.

Después otro.

Y otro.

Hasta que el espejo
comienza a contar una historia
que nosotros no queremos escuchar.

Entonces comprendemos
la antigua verdad:

ninguna primavera
firma contratos con el verano.

Y ningún verano
puede detener al otoño.

CANTO III

LA BELLEZA

Vi una rosa
abrirse al amanecer.

Era tan perfecta
que parecía imposible
que pudiera morir.

El rocío descansaba sobre sus pétalos
como pequeñas estrellas.

El sol la tocó.

Y durante un instante
la tierra pareció detenerse.

Pero debajo de su perfume
ya estaba trabajando la muerte.

Porque toda belleza
lleva escondida
la semilla de su desaparición.

La rosa no sabe
que será ceniza.

La muchacha no sabe
que un día será recuerdo.

El rostro no sabe
que el tiempo escribirá sobre él.

La montaña misma,
que parece eterna,
también está muriendo.

Piedra por piedra.

Siglo por siglo.

Nada escapa.

Ni el mármol.

Ni la carne.

Ni la flor.

Ni la estrella.

Quizá la belleza
sea precisamente eso:

un instante tan perfecto
que nos hace olvidar
que está destinado a terminar.

CANTO IV

EL AMOR

Y, sin embargo, amamos.

Amamos como si el amor
fuera capaz de detener los relojes.

Dos seres se encuentran
en medio de la inmensidad.

Se miran.

Y durante un instante
el universo parece tener sentido.

Dicen:

“Para siempre.”

Qué hermosa mentira
es esa palabra.

Para siempre.

La pronunciamos
aunque sabemos
que ningún cuerpo permanece.

Pero quizá el amor
no sea una promesa contra el tiempo.

Quizá sea otra cosa.

Quizá amar
sea decir:

“Sé que este instante terminará,

y aun así

quiero vivirlo contigo.”

Porque lo eterno
no siempre significa durar.

A veces significa
haber sido tan profundo
que el tiempo no consigue
hacerlo completamente desaparecer.

CANTO V

EL ORO

Después llegaron los hombres
que quisieron comprar la eternidad.

Acumularon oro.

Llenaron cofres.

Levantaron palacios.

Pusieron coronas sobre sus cabezas
y ejércitos bajo sus órdenes.

Dijeron:

“Esto es mío.”

Mío el campo.

Mía la ciudad.

Mío el reino.

Mía la tierra.

Pero la tierra nunca perteneció a nadie.

Los hombres únicamente
se turnaron para caminar sobre ella.

Un rey murió.

Su hijo heredó el palacio.

Su nieto perdió el reino.

Y siglos después
unos desconocidos encontraron
solamente piedras.

Donde hubo tronos
creció la hierba.

Donde hubo banquetes
entró el viento.

Donde hubo oro
quedó polvo.

Entonces la tierra dijo:

“¿Dónde están aquellos
que decían poseerme?”

Nadie respondió.

CANTO VI

EL REY DE LAS RUINAS

Hubo un hombre
que quiso ser eterno.

Mandó levantar una estatua
más grande que su propio orgullo.

Ordenó grabar su nombre
en la piedra.

Construyó columnas.

Murallas.

Templos.

Caminos.

Y dijo:

“Cuando yo muera,
ellos recordarán mi grandeza.”

Pero el tiempo
no sabe leer monumentos.

Pasaron generaciones.

Pasaron pueblos.

Pasaron ejércitos.

Pasaron lenguas.

El viento cubrió las inscripciones.

La arena entró en los palacios.

Y una tarde
un viajero encontró
dos enormes piernas de piedra
sin cuerpo.

Cerca de ellas
yacía un rostro destruido.

El viajero preguntó:

“¿Quién fue?”

Y el desierto respondió:

“Alguien.”

Nada más.

CANTO VII

LAS CIUDADES

No solamente mueren los hombres.

También mueren las ciudades.

Una ciudad nace
como nace un sueño.

Primero una casa.

Después otra.

Una calle.

Una plaza.

Una torre.

Luego miles de voces.

Mercados.

Campanas.

Escuelas.

Amantes caminando bajo la lluvia.

Niños corriendo detrás de una pelota.

La ciudad crece
y comienza a creer
que siempre estará allí.

Pero debajo de sus calles
ya camina el tiempo.

Un día caerá una pared.

Después otra.

Las ventanas quedarán vacías.

Las plazas perderán sus voces.

Los árboles crecerán
donde antes pasaban automóviles.

Y algún niño del futuro
caminará entre las ruinas
sin saber que allí
alguien alguna vez
besó por primera vez.

CANTO VIII

LA GLORIA

También perseguimos la gloria.

Queremos que nuestro nombre
sobreviva a nuestro cuerpo.

Queremos ser recordados.

Escribimos libros.

Ganamos guerras.

Pronunciamos discursos.

Levantamos estatuas.

Buscamos un pequeño lugar
en la memoria del mundo.

Pero la memoria humana
también envejece.

Los nombres más grandes
se vuelven pequeños.

Los héroes se convierten
en fechas.

Las fechas se convierten
en páginas.

Las páginas se convierten
en polvo.

Y finalmente llega un día
en que nadie recuerda
que alguna vez existió
alguien llamado nosotros.

Entonces la gloria
revela su verdadera naturaleza:

es una sombra
que necesita otra sombra
para existir.

CANTO IX

EL ÚLTIMO TESTIGO

Pero existe algo
más doloroso que morir.

Ser olvidado.

Porque mientras alguien nos recuerda,
una pequeña parte de nosotros
continúa respirando.

Vive en una fotografía.

En una carta.

En una canción.

En la voz de una hija
que repite una frase
que aprendió de su padre.

En una receta.

En una vieja casa.

En un árbol plantado
por manos que ya no existen.

Así sobrevivimos.

No en los monumentos.

No en los palacios.

No en las coronas.

Sino en las pequeñas cosas
que dejamos encendidas
en otros seres humanos.

Pero también la memoria muere.

Muere quien nos recuerda.

Muere quien recuerda a quien nos recordó.

Y llega finalmente
la noche absoluta:

cuando ya no queda nadie
que pueda pronunciar nuestro nombre.

Entonces incluso nuestra ausencia
desaparece.

CANTO X

EL ÚLTIMO HOMBRE

Imaginemos ahora
al último hombre.

Está solo.

No queda nadie.

No hay ciudades.

No hay ejércitos.

No hay mercados.

No hay libros abiertos.

No hay voces.

Mira el horizonte.

El sol comienza a descender.

Sobre la tierra
crecen los árboles.

Las montañas permanecen.

El mar continúa respirando.

Y él comprende
algo que ningún rey comprendió:

el mundo no necesita
que nosotros permanezcamos
para continuar siendo hermoso.

Entonces sonríe.

Porque comprende
que nunca fuimos dueños
de la eternidad.

Fuimos huéspedes.

Y haber estado aquí
fue suficiente.

CANTO XI

EL TIEMPO

Entonces aparece el Tiempo.

No tiene rostro.

No tiene espada.

No tiene ejército.

No necesita ninguno.

Camina lentamente.

Y todo aquello que toca
comienza a cambiar.

Toca la flor.

La flor cae.

Toca el rostro.

El rostro envejece.

Toca el palacio.

El palacio se derrumba.

Toca la montaña.

La montaña se desgasta.

Toca una civilización.

La civilización se convierte
en arqueología.

Y finalmente
toca las estrellas.

Hasta las estrellas
aprenden a morir.

Entonces pregunto:

—¿Hay algo que puedas destruir
que no haya sido destruido antes?

Y el Tiempo responde:

—Todo lo que nace
me pertenece.

—¿Entonces nada permanece?

El Tiempo guarda silencio.

Porque sabe
que todavía no he comprendido
la pregunta verdadera.

CANTO XII

LO QUE QUEDA

Porque quizá no se trata
de permanecer.

Quizá nunca debimos pedirle
a la vida que fuera eterna.

Una canción no necesita durar
para haber sido hermosa.

Una rosa no necesita vivir un siglo
para haber perfumado la mañana.

Un beso no necesita durar para siempre
para cambiar una vida.

Una vida no necesita ser infinita
para tener significado.

Tal vez el error del hombre
fue confundir eternidad
con duración.

Porque existen cosas
que duran un instante
y pueden acompañarnos
durante toda la existencia.

Una mirada.

Una palabra.

Una mano.

Una despedida.

El nacimiento de un hijo.

La voz de una madre.

El último abrazo
de alguien que ya no está.

Todo desaparece.

Sí.

Pero no todo desaparece
de la misma manera.

CANTO XIII

LA ÚLTIMA LUZ

Cuando llegue mi hora,

no quiero pedirle al Tiempo
que me devuelva los años.

No quiero negociar
con la muerte.

No quiero suplicarle
a la noche que no llegue.

Quiero solamente
haber mirado suficientemente
el mundo.

Haber amado.

Haber perdonado.

Haber dicho las palabras
que debían ser dichas.

Haber contemplado una mañana
sin pensar en la siguiente.

Haber comprendido
que la vida era breve
precisamente por eso
era preciosa.

Y cuando la última luz
abandone mis ojos,

quiero poder decir:

**“No tuve la eternidad.

Tuve algo mejor.

Tuve un instante.”**

EPÍLOGO

DESPUÉS DE NOSOTROS

Después de nosotros
volverá la primavera.

Los árboles continuarán creciendo.

El mar seguirá golpeando las costas.

Las aves cruzarán
un cielo que ya no conocerá nuestros nombres.

Las estrellas permanecerán
un poco más.

Y algún día
también ellas desaparecerán.

Pero mientras exista algo
capaz de nacer,

algo capaz de amar,

algo capaz de contemplar
la belleza,

la existencia
habrá valido la pena.

Porque todo pasa.

La juventud.

La belleza.

El poder.

El oro.

Las ciudades.

Los imperios.

Los amantes.

Los héroes.

Nosotros.

Todo.

Y quizá esa sea
la gran ley del universo:

nada fue creado
para permanecer.

Pero mientras dura,

arde.

Mientras existe,

canta.

Mientras respira,

ama.

Y por eso,

aunque sepamos
que toda luz termina,

seguimos encendiendo lámparas
en la oscuridad.

Seguimos sembrando árboles
bajo cuya sombra
nunca nos sentaremos.

Seguimos teniendo hijos
en un mundo
que algún día ya no recordará
nuestros nombres.

Seguimos amando.

Seguimos construyendo.

Seguimos soñando.

No porque ignoremos
que todo termina,

sino porque finalmente comprendimos:

la grandeza de la vida
no está en vencer a la muerte,

sino en haber vivido
antes de que llegara.

--Luis Barreda/LAB
Diciembre, 2025
Genero: poesía épica filosófica
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