Aún sigo siendo el peor ser humano que ha parido la tierra.
Mientras tú me hacías el amor, me abrazabas y me decías que era lo mejor que te había pasado, yo subía el volumen de una canción que me recordaba a aquella mujer que lastimé.
Qué pendejas somos las personas: insistimos en abrazar un cactus verde, lleno de espinas secas, como si apretándolo más fuerte fuéramos a conseguir que dejara de herir.
Suéltame.
No te aferres a mí.
Mi fruto rojo también viene con espinas.