Sentado en una tarde sombría,
vi que la luz se alejaba despacio;
la tarde parecía que sabía
que yo era un huésped perdido en el espacio.
Pasó un reloj con su carga vacía,
como un viejo mendigo del tiempo;
y mientras su silencio me mordía,
sentí que hasta mi sombra envejecía.
Pregunté a la ventana quién era,
y el cristal me devolvió otra mirada;
quizá yo estaba afuera, y ella era
la vida que observaba desde mi nada.
Entonces vino el viento, pasajero,
barriendo hojas muertas de la acera;
yo quise preguntarle si primero
se muere el hombre o muere su espera.
La noche levantó su arquitectura
sobre los hombros frágiles del día,
y escuché que la muerte, en su hondura,
respiraba detrás de la agonía.
Recordé mis caminos, mis heridas,
los nombres que perdí por el sendero,
las pequeñas derrotas de mi vida
y aquel niño que fui, siempre extranjero.
Ya no supe si el alma me latía
o si era el corazón quien se obstinaba;
pero algo dentro de mí decía
que vivir es morir o lo que se acaba.
Me levanté. La tarde había muerto.
Miré mi sombra y no la vi conmigo.
Entonces comprendí, frente al silencio,
que la muerte me encontró respirando:
desde aquel día, vivir fue mi epitafio.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026