El don del desencanto
A veces, el mejor regalo
llega en un envoltorio amargo,
cuando el héroe cae de su pedestal
y el ídolo se vuelve mortal.
Bendita decepción, cruda y sincera,
que arranca la venda que nos ceguera.
Nos muestra el mundo sin más disfraz,
con su luz honesta, con su fría paz.
Duele el impacto, la verdad nos quema,
pero es el fin de un dulce y falso lema.
Espejo roto que no vuelve a mentir,
es el primer paso para resurgir.
Y aunque el proceso es duro y es lento,
la decepción también limpia el sentimiento.
Desata los nudos de un corazón que, por fe,
amó una sombra que nunca fue.
Así que, que caigan las máscaras y el teatro,
prefiero la herida a vivir en el engaño.
Porque solo al ver el final del encanto,
somos, por fin, dueños de nuestros propios pasos.