Me declaro culpable de vivir sin mirar hacia delante.
De preferir la marca que deja el agua
al vaso lleno,
la ceniza fría que aún huele a lumbre
antes que el fuego ajeno que calienta sin quemar.
Me declaro culpable
de no haber aprendido a ser liviano.
De buscar en cada rostro la grieta que nos niega,
de negarme a cruzar la calle con el paso dócil
de los que duermen a la misma hora
y confían en que el suelo seguirá firme mañana.
Culpable de cuidar el sueño de los otros
cerrando las puertas sin hacer ruido,
mientras me quedo de pie en el pasillo oscuro
probando con los dedos
dónde cede la madera bajo mi propio peso.
No quise ser uno más entre los vivos
y ahora pago la insolencia:
estar despierto cuando la casa calla,
con las manos vacías
y el peso ciego de todo lo que no supe salvar.
© Antonio Portillo Spínola, 2026