A Clara le regalaron un reloj que tenía algo extraño.
No marcaba las horas.
Marcaba los minutos que las personas dejaban escapar.
La primera vez que lo escuchó sonar fue una mañana, mientras desayunaba con su abuela.
—¿Por qué hace ese ruido? —preguntó Clara.
La abuela acercó el oído al reloj.
—Porque alguien acaba de perder un minuto.
Clara miró por la ventana.
En la calle, un hombre caminaba deprisa. Pasó junto a una anciana que intentaba recoger las cosas que se le habían caído al suelo, pero siguió de largo.
Tic.
Un minuto desapareció.
Más tarde, dos hermanos discutieron por un juguete que ninguno quería compartir.
Tic, tic.
Se fueron otros dos.
Clara comenzó a prestar atención.
Descubrió minutos perdidos en todas partes: en las personas que tenían prisa para escuchar, en quienes hablaban sin mirar a los demás, en quienes preferían tener la razón antes que pedir perdón.
Entonces tuvo una idea.
Cada vez que encontraba un minuto perdido, lo guardaba en una pequeña caja de madera.
La caja se fue llenando.
Un día encontró un minuto debajo de una banca. Otro estaba escondido detrás de una puerta. Algunos eran tan pequeños que apenas podían verse.
Clara los guardaba todos.
Hasta que una tarde su abuela enfermó.
Durante varios días permaneció en cama.
Clara dejó la caja a un lado y se sentó junto a ella.
—Abuela, ¿quieres que te lea un cuento?
La anciana sonrió.
—Hoy no, Clara. Hoy quiero escucharte a ti.
Y Clara comenzó a contarle todo.
Le habló de la escuela, de sus sueños, de la caja de madera y de aquel extraño reloj.
Hablaron hasta que la luz de la tarde entró suavemente por la ventana.
Cuando Clara miró el reloj, había dejado de sonar.
Extrañada, abrió la caja.
Estaba completamente vacía.
—¡Abuela! ¡Se escaparon todos mis minutos!
La abuela tomó su mano y respondió:
—No, pequeña. Los minutos que damos con amor nunca se pierden.
Clara miró el reloj.
Por primera vez, marcaba la hora.
Y entonces comprendió algo que nunca olvidaría:
el tiempo no se guarda en una caja; se guarda en el corazón de aquellos a quienes decidimos regalarlo.
Rosa María Reeder
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