𝓜e preguntan hacia dónde voy
como si el porvenir
fuera una coordenada;
como sí bastara con señalar
un punto cualquiera del mapa
y decir: allí.
yo todavía no sé
cómo se pronuncia el nombre
de ese sitio.
tengo una brújula que insiste en girar
cada vez que intento elegir un norte,
y un atlas lleno de páginas blancas
donde otros aseguran haber dibujado
mi camino.
me hablan de carreras, de ciudades,
de años venideros,con la tranquilidad de quien ya conoce
la arquitectura de sus ruinas.
yo apenas estoy aprendiendo
a reconocer las habitaciones
de la casa que habito.
y el calendario no auxilia mi ruina, solo avanza
con esa crueldad silenciosa de los ríos que
nunca preguntan si sabemos nadar.
cada día arranca una hoja sin escuchar
mi deseo de conservarlas todas,
no por nostalgia, sino porque
todavía no sé qué parte de mí
está escrita en ellas.
dicen que crecer es acercarte
al horizonte, pero nadie advierte
que el horizonte retrocede cuando intentas alcanzarlo
a veces suelo pensar
que el futuro es un país
que ya tiene fronteras
aunque todavía no tenga habitantes.
un territorio sin calles,
sin estaciones,
sin nombres en las esquinas.
y me aterra.
me aterra llegar
con las manos vacías
a una ciudad que todos parecen conocer.
me aterra escoger una puerta
y descubrir, demasiado tarde,
que había otra detrás.
me aterra que exista
una versión de mí
que sepa exactamente qué hacer
y que algún día me encuentre
sin reconocerme.
pero quizá nadie nace
con un mapa.
quizá algunos caminos
solo aparecen
cuando alguien se atreve
a caminar sobre el papel vacío.
quizá no tengo que saber todavía
dónde termina el mundo.
quizá alcanza
con aprender a trazar
la próxima frontera.
por ahora,
dejo una marca aquí.
no es un destino, ni respuesta
es apenas una coordenada:
yo, todavía aquí,
aprendiendo a llegar
a un lugar que todavía no existe.