A veces aparento ser frío,
una persona seria,
estructurada,
de esas que parecen tener
cada sentimiento guardado
bajo llave.
Camino con la calma de quien no siente demasiado,
hablo como si nada pudiera quebrarme
y aprendí, quizá sin querer,
a esconder aquello que más me duele.
Pero si alguna vez llegás a conocerme
más allá de la superficie,
si conseguís atravesar
todas esas paredes que construí,
vas a descubrir algo distinto:
soy desagradablemente sentimental.
Lloro cuando escribo,
porque algunas palabras
pesan demasiado cuando salen de mí.
Lloro con una película,
con una escena cualquiera,
con una despedida que ni siquiera me pertenece.
Lloro cuando aparece la nostalgia,
cuando una canción me devuelve
a un lugar donde ya no puedo volver,
a una persona que ya no está,
a un momento que el tiempo decidió llevarse.
A veces incluso lloro escuchando una entrevista,
una historia ajena,
unas palabras dichas por alguien
que probablemente nunca sabrá
lo mucho que me tocaron.
Y quizá esa sea
la parte de mí que menos conocen.
No porque no exista,
sino porque es demasiado vulnerable
para dejarla en manos de cualquiera.
Hay un hombre detrás de esta seriedad
que siente más de lo que demuestra,
que quiere más de lo que dice,
que recuerda más de lo que debería
y que, aunque parezca de piedra,
puede romperse con una frase.
Tal vez por eso aparento ser frío:
porque cuando siento,
siento demasiado.
Y porque hay partes de uno
que no se muestran al mundo,
no por vergüenza,
sino porque son demasiado frágiles
como para soportar
que alguien las trate sin cuidado