Intenté alejarme de ti,
convencerme de que era lo mejor,
de que poner distancia entre los dos
era la única forma de no hacerte daño.
Pensé que podría avanzar sin mirar atrás,
dejarte en algún lugar del pasado
y seguir caminando como si nunca
hubieras sido parte de mi camino.
Pero ahí estabas tú,
esperándome.
Y yo, que tantas veces fui cobarde,
que tantas veces quise esconderme,
siempre terminaba encontrándote
en el mismo lugar donde intentaba olvidarte.
Eres esa luz que no sé apagar.
Puedo cerrar los ojos,
darme la vuelta,
esconderme de ti,
pero sigues ahí.
Y a veces me pregunto
si eres tú quien siempre me encuentra
o si soy yo quien, en silencio,
termina buscándote.
Tal vez no quiero admitirlo.
Tal vez admitirlo sería aceptar mi derrota.
Me hacías falta.
Y te volví a buscar.
¿Por qué lo hice?
Si quererte duele,
¿por qué sigo regresando?
Me digo que no te quiero.
Lo repito hasta intentar creerlo.
Pero entonces apareces
y todos mis argumentos se desvanecen.
No estoy lista para esto.
Mis sentimientos parecen desaparecer
cada vez que te tengo frente a mí,
pero cuando no estás,
hay un vacío que no sé explicar.
No verte me duele.
Pero perderte también lo hace.
Y lo peor de todo
es que una parte de mí
sigue queriendo dejarte ir.
Espera...
Creo que estoy cayendo
en un lugar del que ya no sé salir.
Ya no sé qué pensar de mí.
Ya no sé qué pensar de nosotros.
Solo sé que tú sigues esperándome,
año tras año,
con una paciencia que no comprendo.
Después de todo el daño que te hice,
¿cómo puedes seguir perdonándome?
Eres demasiado noble.
Demasiado dulce.
Y lo que sientes por mí
es algo demasiado delicado
para dejarlo en mis manos.
Por eso, quizá,
prefiero que te vayas primero.
Porque no sé cuánto más
podría soportar verte romperte
por culpa de alguien como yo.
Y no sé cómo terminar esto.
¿Dónde me metí?
Sabía que no era correcto.
Sabía que algún día
tendría que enfrentar lo que sentías.
Aun así, lo hice.
Debí esconderme mejor.
Debí mantenerme lejos.
Pero no fui lo suficientemente fuerte
para seguir viviendo detrás de una puerta
que yo misma había cerrado.
Pensé que esta vez sería diferente.
Pensé que quizá, si volvía,
podría aprender a quererte
de la manera en que tú me quieres.
Pensé que esta vez
sí podría corresponderte.
Pero otra vez te fallé.
Y tú ni siquiera lo sabes.
No sé cómo decirte
que quizá nunca fui lo que esperabas.
No sé cómo mirarte a los ojos
y decirte que esta vez
podría perderte para siempre.
Y entonces vuelvo a preguntarme:
¿Por qué tú?
¿Por qué sigues siendo tú
después de tantos años?
Si lo que siento por ti
parece ir y venir como una sombra,
¿por qué tú sigues regresando
a buscarme?
Año tras año.
Quizá solo quisiera que fuéramos amigos.
Poder quedarme cerca de ti
sin tener que aceptar
todo lo que sientes por mí.
Porque sé que mereces más.
Mereces a alguien que te quiera sin miedo,
que no dude cuando te tenga cerca,
que no desaparezca cuando tenga miedo,
que pueda entenderte
y, sobre todo,
que sepa esperarte sin lastimarte.
Y créeme,
por un momento quise ser yo.
De verdad quise.
Pero terminé saboteándome
antes de siquiera intentarlo.
Tal vez algún día entiendas
que nunca quise hacerte daño.
Tal vez solo fui egoísta.
Tal vez solo fue un capricho.
O tal vez simplemente
nunca aprendí a querer.
Porque amar nunca fue mi fuerte.
No entiendo cómo dos personas
pueden encontrarse en medio de un mundo tan enorme
y llegar a quererse tanto.
No entiendo cómo alguien
puede quedarse incluso después de haber sido herido.
No entiendo por qué tú te quedas.
Y quizá eso es lo que más miedo me da:
que el amor sea realmente hermoso
y que, aun así,
yo no sepa cómo vivir dentro de él.
Quizá el problema nunca fuiste tú.
Quizá fui yo,
intentando escapar de algo
que, en el fondo,
siempre quise encontrar.
Y aunque todavía no sé
qué siento por ti,
sé algo que me cuesta admitir:
me duele imaginar
un mundo en el que ya no estés.
Creo que el amor es hermoso.
Solo que, por ahora,
no sé si está hecho para mí.