Viejo sendero pedregoso,
me gritas en lenguas desconocidas,
pero tu voz raspa añoranza
en mis oídos desafinados.
Son harpías con disfraz de ángel
que susurran versos prohibidos;
su locura parece gloria
y tus avisos caen al olvido.
Beso el suelo de nuevo
y sabe a un pedazo de mí,
al aire de un suspiro huérfano,
a un salón frío y deshecho.
Pero la arena ya es amiga
y el espíritu imperecedero
solo ha de elevar la vista al cielo
y recordar de dónde vino.