A contraluz en el monte,
dos mulos de capa blanca,
con las alforjas repletas
con aceitunas, avanzan
a paso lento hacia el río,
camino de la almazara.
Para el dueño del cortijo
son monedas de oro y plata,
para el mulero de cobre
en los brazos y en la cara.
Es un espejo de azogue
la superficie del agua.
Cerca del viejo molino
quiebra el talle una gitana
En nada piensa el muchacho
cuando nota una punzada.
En las orillas del río,
unos ojos lo apuñalan
precisos como alfileres
de acero de las navajas.
El mulero sin quererlo
le devuelve la mirada.
Pobre mirada inocente
dos filos tiene esa daga,
le dolerá de no verla
y nunca podrá olvidarla.