Idiota idolatrado
Luego de mear el ropero
leer vapores,
pedir perdón, llorar por tibio
y enterarme que fui narrado
en las escalinatas de la moralidad esquelética,
escarlata.
Idiota idolatrada,
ayunando voluntad para la farándula
y soñar afuera de las librerías mi biblioteca,
estrujando monedas para llamarte
y que vuelvas a buscarme,
a decirme qué día tan vacío
para perderte e ilusionarme.
Entonces
vino una materia espesa,
una pulsación de frente hollada
y el pensamiento que desborda.
A vendernos cabezas de asno verde
llegaron los fedatarios de la ruina;
se alzaron con las flores del entierro,
con el muerto velado entre zurrones
y el cajón de menor categoría, donde el cuerpo ya aprende a agradecer el desprecio.
Vino a ofrecernos, con la desinencia exacta que define al inútil,
un traje y un perfume cortados por la misma náusea.
A saber: todos asistieron.
Los de la élite de fuego,
los cartógrafos del desalojo,
los que firmaron su patente antes de que empezara el siglo
y, al fondo, los nostálgicos del saqueo,
especialistas en sacarle brillo a la desdicha ajena.