Leoness

Solo ella en la memoria 

El humo de la marea blanca flota denso en el aire.

 

Un neón tuerto parpadea sobre las mesas de madera carcomida,

donde la calaña cuenta billetes sucios con dedos llenos de pólvora.

 

El acordeón y el bajo escupen un corrido sin alma,

mientras los gallos de pelea beben en silencio.

 

Es el templo de los sicarios, la trinchera del contrabando,

el matadero donde los desertores ahogan las pesadillas del cártel.

 

Hay que llevar un pie en la tumba para cruzar el umbral,

el estómago podrido de miedo o la urgencia salvaje de cobrar una deuda de sangre.

 

El ambiente huele a plomo fresco, gasolina y sudor frío,

pero debajo de la barra corre el mejor licor del río,

un elixir de sombra que quema la garganta y purga los pecados.

 

Bandidos de gatillo fácil, marineros de la mercadería negra y traidores en tregua,

aquí la paranoia nos hermana.

 

Todos han visto mi rostro en un cartel de recompensa,

todos saben a cuántos muertos huelo.

 

Todos me conocían y sabían de ella.

 

Mi sombra se estiró en el suelo de baldosas rotas como un cañón de escopeta,

dibujada por la luz agónica del único foco del antro.

 

Fue la señal de alarma en la frecuencia.

 

Se frenaron los tragos, 

llegaron las manos al costado 

con la precisión de un hábito peligroso ,

me miraron los ojos de azufre del hampa.

 

Al fondo de la guarida,

con la calma helada de quien no le teme a las balas,

me sonrió, solo ella.