Matias 01

Diario (Setiembre 2026)

Por esa calle nadie llega, por ese lindero

ya todo va cuesta abajo

y sobre aquella piedra

ya nadie se ha sentado a desgranar su rostro

gota a gota

ni a sobarse las rodillas que alguna vez

se postraron libres.

 

Muchos llegaron desarmados, heridos, roídos

por los enemigos, con sus umbrales

al hombro, buscando refugio o la mano

de alguien, detrás de una puerta, con una taza

de inspiración caliente

para descansar y renovar

las ganas de volver

a esa gran bahía de dolor que es la vida.

 

Ya son pocos los hombres que rezan,

los que comparten su propia cuchara de hambre

con los que están destinados a rodar,

a cargar su viernes

sin ningún domingo.

Ya no hay boca ni miel de algunas frutas,

solo quedan los hilos de babilónicas sierpes

en las manos de un suicida.

 

10°

“Y no estarás solo nunca…” –murmuraste,

antes de salir volando por la ventana-

“Aun cuando esté muerta, no estarás solo…”

 

Se me apolilla la voz en la cresta del crepúsculo

y por muy bocón que sea

el silencio se va apoderando

y vistiendo de harapos

este sábado

mojado de mucho aniversario.

 

Uno a uno se desplazan las rodillas a lo largo

de sus esquinas, mientras anochece

lloviendo

y llueve tanto como para que no olvide

o quizás para que riegue el fuego de la herida

que acrecienta sus luces

desde esta mañana.

 

“Si, no estaré solo nunca –me digo- en tanto

mis ojos se abran al horizonte

y cante su armonía el aguacero…”

 

Canta, aguacero, canta, que afuera el aire silba

una despedida.