Sabes bien que el oficio no es el canto,
sino volver al hueso y raspar lento:
despojar a la frase de su engaño
y sostener la herida sin espanto.
No nace de la luz este desvelo,
sino de una fractura que nos fuerza
a perseguir la voz que no se oculta
tras consuelos postizos ni artificios.
Tachar es la exigencia de la mano:
podar hasta que el verso, a la intemperie,
no disfrace de brillo lo callado
ni venda como eterno lo que muere.
Hermano del insomnio y de la espina,
sabemos la condena compartida:
no salvaremos nada de la vida,
pero mirar de frente la ilumina.
Tras el hondo naufragio, el verbo rendido
entrega a la orilla su marea;
bastará con que una sombra nos crea
y deje en nuestro hueso su latido.
Antonio Portillo Spínola ©