Emmanuel Carrillo González

Silencio

Son las una, las tres, las cinco de la mañana,
el peso de tu mirada
solo pensar me araña,
rasguña mi voz
y despierta una cólera desenfrenada.

En ti veo, mi reliquia más dorada
y ahora, con las manos heladas,
ruego al cielo,
miro tu cara,
desearía ya no estar mañana.

No encuentro mi voz.
Se perdió.
En ríos y mares de mi llanto.
Quiero que escuches lo último de mí,
no es para despedirme,
es mi último desencanto.

Quiero tu compañía y no la siento,
tu sombra es lo único que tengo,
antes de que la vida avanzara,
y borrara todo eso
que pocas veces recuerdo.

Es mi última revelación
y no la deseo.
Mas ruego por piedad,
el dolor es lo único que tengo,
y no es por exagerar,
pero tu voz
podría ser mi único remedio.

Sé que todo puede avanzar
y el reloj es un maestro.
Son las una, las tres, las cinco de la mañana.
Es otra velada,
con las lágrimas en mis palmas.
Desisto de pensar
ahora solo queda esperar.
A tus promesas
Les ruego piedad.